A pesar de que la papaya es considerada una fruta atemporal, no está exenta de desafíos
ARGENIS ESQUIPULAS/PORTAVOZ
En Chiapas, donde la tierra es herencia, trabajo y destino, la papaya se ha convertido en mucho más que una fruta tropical. Para Asunción Martínez Pérez e Ismael Martínez Madrigal, primos y productores del municipio de Chiapa de Corzo, este cultivo representa una historia de esfuerzo, aprendizaje y transformación comunitaria que hoy genera empleo, desarrollo local y alimento para cientos de familias en el sureste mexicano.
“Vivir del campo y para él, es lo que sabemos hacer. Todos los días damos gracias a las plantas; ellas son como las personas, devuelven lo que nosotros les damos”, expresó Asunción Martínez mientras recorre su huerto en la localidad de Julián Grajales, una comunidad perteneciente al Pueblo Mágico de Chiapa de Corzo.
Aunque durante años se ha debatido su origen, la papaya es una fruta orgullosamente mexicana. Dulce, suave, jugosa y de un color naranja inconfundible, la Carica papaya ocupa un lugar privilegiado en la mesa de los hogares del país. Existen múltiples variedades que se adaptan a diferentes regiones del mundo, pero en esta zona de Chiapas la protagonista es la papaya maradol, reconocida por su tamaño, sabor y calidad.
La importancia de esta producción no pasó desapercibida para la Oficina de Representación de la Secretaría de Agricultura, que a través del Centro de Apoyo al Desarrollo Rural (CADER) 01 Tuxtla Gutiérrez, encabezado por el ingeniero José Luis Calero Olmedo, dio seguimiento al trabajo que realizan estos productores chiapanecos, ejemplo de cómo el campo puede ser motor de bienestar cuando se combina experiencia, constancia y conocimiento técnico.
Para Asunción, el campo no es una novedad. Creció entre surcos de maíz y frijol, cultivos que su padre trabajó durante años, sin embargo, las condiciones cambiantes del mercado y las oportunidades que ofrecía otro producto lo llevaron a tomar una decisión distinta.
“Hubo un tiempo en el que me alejé del campo. Me fui a la ciudad y trabajé durante 15 años como vendedor de papaya. Yo recogía el producto y lo acomodaba donde mi patrón lo indicaba; así fue como aprendí el negocio desde dentro”, recordó. Esa experiencia fue clave para entender la cadena de comercialización, los tiempos de cosecha y la demanda del mercado.
Hace poco más de siete años, impulsado por la necesidad de crecer y salir adelante, decidió invertir todos sus ahorros para convertirse en productor. “Mi necesidad de trabajar y crecer me sacó adelante”, afirmó. A su proyecto se sumó su primo Ismael, con quien formó una pequeña, pero sólida sociedad productiva.
Hoy, el huerto cuenta con 12 hectáreas cultivadas. Cada hectárea alberga alrededor de dos mil 200 plantas, capaces de producir hasta 80 toneladas de fruta. En total, el predio suma aproximadamente 26 mil 400 árboles de papaya, y cada uno de ellos genera entre 40 y 60 frutos a lo largo de su ciclo productivo.
UN CULTIVO NOBLE, PERO EXIGENTE
A pesar de que la papaya es considerada una fruta atemporal —pues produce durante todo el año— su cultivo no está exento de desafíos. Ismael explicó que se trata de una actividad delicada y costosa, donde cualquier descuido puede representar pérdidas significativas.
Las enfermedades, los insectos chupadores y las plagas son una constante amenaza. Entre ellas, la virosis es el enemigo más agresivo al que se enfrentan. “Es una enfermedad incurable, como el cáncer. Es altamente contagiosa y se propaga por medio de insectos portadores”, explicaron los productores.
Cuando una planta se infecta, comienza a tornarse amarilla, pierde nutrientes, las hojas se pigmentan y el desarrollo del fruto se ve afectado, lo que reduce considerablemente la producción. Por ello, el monitoreo permanente del huerto es indispensable.
La fumigación forma parte del manejo sanitario, pero los productores han optado por utilizar líquidos no agresivos para el ser humano, priorizando la seguridad de quienes trabajan en el campo y de los consumidores finales.
EL CLIMA, UN FACTOR DECISIVO
El clima es otro elemento determinante en el cultivo de la papaya. Estas plantas pueden soportar temperaturas de hasta 35 grados centígrados; sin embargo, cuando el termómetro rebasa ese límite, el estrés térmico afecta su desarrollo.
Con el cambio climático que se ha intensificado en los últimos años, los primos Martínez han observado transformaciones en la fruta. “Cuando hay temperaturas más altas, la papaya tiende a ser más redonda”, explicaron, un fenómeno que han aprendido a identificar y manejar con la experiencia adquirida.
Aun con las mermas que se presentan desde la etapa de plantación, el balance sigue siendo positivo. “Este cultivo nos da muchas satisfacciones”, aseguró Asunción, convencido de que el esfuerzo diario se refleja en cada fruto cosechado.
La cosecha se mantiene durante todo el año, pero es en el mes de octubre cuando se alcanza el punto más alto de producción. En ese periodo, los productores pueden recolectar hasta 30 toneladas de papaya por semana, a diferencia de los meses que van de noviembre a enero, cuando el volumen disminuye.
Cada papaya cosechada en este huerto pesa entre 2.5 y 3 kilogramos, un tamaño que la hace altamente demandada en el mercado regional.
La producción no solo beneficia a los propietarios del huerto. Son 15 familias —hombres y mujeres— las que dependen directamente de la siembra, el cuidado y la cosecha de la papaya maradol. Gracias a este cultivo, llevan el sustento a sus hogares y fortalecen la economía de su comunidad.
La mayor parte de la producción se comercializa en Tuxtla Gutiérrez, capital del estado, donde los Martínez colocan su producto en mercados locales. Además, alrededor de 15 toneladas semanales son adquiridas por un comercializador proveniente del estado de Tabasco, lo que amplía el alcance regional de esta fruta chiapaneca.
No obstante, los productores mantienen una política de puertas abiertas. “Nuestro negocio no es exclusivo para compradores mayoristas. Aquí vendemos desde grandes volúmenes hasta pocas piezas. Todas las personas son bienvenidas a nuestros huertos”, coinciden.
Más allá de su importancia económica, la papaya es reconocida por sus amplios beneficios para la salud. Su consumo fortalece el sistema inmunológico, mejora la digestión, combate infecciones intestinales, elimina parásitos y contribuye a la limpieza de riñones e hígado.
Además, es aliada de la piel, promueve una digestión saludable y actúa como un antioxidante natural, razones suficientes para incluirla de manera habitual en la alimentación diaria.
La historia de Asunción e Ismael Martínez es reflejo del potencial del campo chiapaneco cuando se combina tradición, conocimiento y trabajo colectivo. La papaya maradol que se produce en Julián Grajales no solo llega a la mesa de los hogares mexicanos; también representa empleo, arraigo y desarrollo para una comunidad que ha encontrado en la tierra una forma digna de salir adelante.
Hoy, comprar papaya producida en Chiapas es también una manera de apoyar a las productoras y productores locales, fortalecer la economía regional y reconocer que un campo fuerte depende de todas y todos.




















































