En Chiapas, el consumo electrónico crece, pero el tiempo sigue siendo el principal adversario
YUSETT YÁÑEZ/PORTAVO
FOTO: ALEJANDRO LÓPEZ
Este jueves 23 de abril, el mundo rindió honores a Cervantes, Shakespeare y al Inca Garcilaso de la Vega. Hubo flores, discursos oficiales y ferias itinerantes. Sin embargo, hoy, 24 de abril, la realidad del libro en Chiapas y en México vuelve a su estado natural, una lucha silenciosa contra el reloj, el desinterés y la digitalización de la vida cotidiana.
El panorama, visto a la luz de los datos más recientes del Módulo sobre Lectura (MOLEC) del INEGI, revela una verdad incómoda: el promedio de lectura en la población adulta de nuestro país apenas logra superar la barrera de los 3.4 ejemplares al año. En un país de contrastes, donde la alfabetización es casi universal, el hábito de lectura por placer parece ser un privilegio que pocos logran defender.
Al recorrer las calles de Tuxtla Gutiérrez, la percepción ciudadana confirma las frías estadísticas. La lectura en nuestra entidad ha mutado; ya no es aquel refugio romántico de tardes de café, sino una herramienta de supervivencia técnica. Para muchos chiapanecos, el libro es un objeto que se consulta por necesidad profesional más que por curiosidad intelectual.
Humberto Lázaro, un gestor de hacienda cuya vida transcurre entre formularios y leyes fiscales, es el reflejo de miles.
“Periódicos, solo eso, diario leo… es que yo me dedico a la gestoría de hacienda eso es lo que me interesa más”. Para Humberto, la palabra escrita es un vehículo de información inmediata, una obligación diaria para mantenerse vigente en un mercado laboral competitivo.
Este fenómeno se repite en otros perfiles. Enrique Omar, quien recuerda haber transitado por los pasillos de la literatura universal durante su formación, hoy vive inmerso en la tecnocracia de las leyes. “Por necesidad yo tengo que leer códigos y leyes, pero libros como cultura general yo creo que como el 80 por ciento de los mexicanos he leído Moby Dick, García Márquez, el Quijote de la Mancha… de ahí puro código y por cuestiones de fe leo la Biblia”. Su testimonio desnuda una realidad nacional: el contacto con los clásicos suele ser un evento único en la vida generalmente escolar que rara vez se cultiva en la madurez.
El INEGI señala que el 44 por ciento de los mexicanos encuestados asegura que la principal razón para no leer es la “falta de tiempo”. En una sociedad donde las jornadas laborales se extienden y los traslados en ciudades como la nuestra se vuelven más complejos, el tiempo libre es un recurso escaso que suele entregarse al entretenimiento pasivo de las redes sociales.
La segunda barrera es aún más preocupante: la falta de interés o motivación que alcanza a casi un 28 por ciento de la población. Esto sugiere que, incluso teniendo el tiempo, una parte considerable de la ciudadanía no encuentra en el libro una opción atractiva frente a la inmediatez del contenido multimedia.
Sin embargo, hay una veta de optimismo en Chiapas. Las bibliotecas públicas del estado han reportado un incremento del 15 por ciento en sus visitas digitales. Esto indica que el formato está cambiando. El libro ya no solo es papel y tinta; es un archivo PDF, un audiolibro o una plataforma interactiva. El reto para las instituciones es que ese cambio de formato se traduzca en una mayor comprensión lectora, dado que actualmente solo el 21 por ciento de los lectores adultos asegura comprender la totalidad de lo que lee en un primer intento.
El estado de Chiapas, consciente de este rezago, ha implementado estrategias para descentralizar la cultura. Las ferias del libro locales ya no son exclusivas de la capital; buscan llegar a las regiones más apartadas, intentando que el libro deje de ser un objeto de lujo o meramente académico.












































