Especialistas señalan que factores estructurales, culturales y sociales mantienen un círculo difícil de romper
YUSETT YÁÑEZ/PORTAVOZ
En pleno 2024, Chiapas sigue encabezando las estadísticas nacionales de pobreza. De acuerdo con cifras recientes del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), 66 por ciento de la población se encuentra en situación de pobreza, y dentro de ese porcentaje, 27.1 por ciento vive en pobreza extrema. Esto significa que, en términos concretos, tres de cada 10 chiapanecos carecen de recursos suficientes incluso para alimentarse diariamente.
El consultor independiente en economía, Gilberto Ruiz Cáceres, advirtió que reducir la pobreza no puede entenderse únicamente como un tema de ingresos monetarios.
“La pobreza va más allá de no tener el dinero suficiente para adquirir las necesidades básicas, porque cuando hablamos de pobreza extrema hablamos de que la persona no tiene ni el dinero para comprar la canasta básica, mucho menos para cubrir satisfactores básicos que van más allá del alimento”, señaló.
La falta de recursos genera una cadena de problemas que trascienden lo inmediato: sin alimentación adecuada, las capacidades físicas e intelectuales se ven limitadas, lo que afecta el rendimiento escolar y la posibilidad de acceder a empleos mejor remunerados. “Cuando no tenemos condiciones de alimentación, de vivienda digna, de acceso a los servicios de salud, esto genera una cascada de situaciones que llevan a un círculo de pobreza. No alcanzas niveles de estudios que te permitan obtener otros ingresos y se vuelve un ciclo permanente”, explicó Ruiz Cáceres.
Este círculo vicioso coloca a Chiapas en un escenario donde millones de personas ven reducidas sus oportunidades de desarrollo. La falta de inversión en capital humano educación, nutrición y salud se traduce en un rezago que se hereda de generación en generación.
Otro de los factores que propician la permanencia de la pobreza en la entidad es la composición demográfica. Con una de las poblaciones indígenas más grandes del país, Chiapas enfrenta un reto adicional: muchos pueblos originarios mantienen sistemas comunitarios basados en usos y costumbres que, si bien preservan su identidad cultural, en ocasiones limitan la adopción de alternativas productivas vinculadas a la modernidad.
“Muchos de los grupos que están en mayor segmento de vulnerabilidad son los pueblos indígenas. Muchas veces, por estar insertos en sus usos y costumbres, no se dan la oportunidad de buscar nuevas alternativas que la modernidad nos guste o no inserta y aplica para poder entrar a un espacio diferente, que les permita tener capacidades y condiciones de vida distintas”, precisó el especialista.
Ruiz Cáceres consideró que los programas sociales y los beneficios que brinda el Estado son importantes, pero insuficientes para modificar la estructura de la pobreza en Chiapas. La clave, dice, está en fomentar la organización comunitaria, el trabajo colectivo y el fortalecimiento de capacidades productivas.
“No podemos quedarnos solo con los beneficios que el Estado brinda, sino ver la posibilidad de integrarse, de trabajar en colectivos, de sumar capacidades, habilidades y fuerza de trabajo, para convertirlo en recursos que puedan ir transformándolos. No solo llegar ahí, sino dar el paso hacia situaciones más estables en la fuerza laboral, que les permitan tener mejores condiciones de vida”, puntualizó.
Las cifras revelan una realidad dolorosa: pese a los esfuerzos oficiales, Chiapas mantiene un rezago estructural que limita las oportunidades de desarrollo de millones de personas. La pobreza no se explica únicamente por falta de recursos, sino por la ausencia de condiciones que permitan a la población romper el ciclo: acceso limitado a la educación de calidad, carencia de servicios de salud oportunos, insuficiencia de infraestructura y una economía local dependiente de sectores poco productivos.











































