La falta de hospitales, escuelas y caminos obliga a las comunidades a caminar hasta 12 horas para recibir atención médica
IVÁN LÓPEZ/PORTAVOZ
En el corazón de la Selva Lacandona, cerca de 15 mil indígenas tseltales viven una paradoja dolorosa, pese a haber sido protagonistas de luchas sociales desde 1994, siguen condenados al aislamiento y a la carencia de servicios básicos. Sin electricidad, caminos transitables, hospitales ni escuelas formales, la vida en comunidades como Pichucalco, Amador Hernández e Iguanal se sostiene con el esfuerzo comunitario, pero también con un desgaste que se arrastra generación tras generación.
La distancia hacia la modernidad se mide en horas de caminata bajo lluvia y lodo, o en los cinco mil pesos que cuesta abordar una avioneta rumbo al hospital más cercano. En estas condiciones, dar a luz se convierte en una apuesta de supervivencia, puesto que el único centro de salud disponible apenas cuenta con medicamentos caducos y la experiencia de parteros locales. La última muerte infantil registrada en abril es solo un reflejo de una tragedia que ocurre en silencio.
La precariedad no es exclusiva de esta región. Según datos del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL), el 67.4 por ciento de la población de Chiapas vive en pobreza, mientras que el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) reportó que el 24 por ciento de las viviendas en zonas rurales carece de energía eléctrica. En educación, la Secretaría de Educación Pública (SEP) señaló que el 18 por ciento de los niños chiapanecos no concluye la primaria, y la Secretaría de Salud federal confirmó que más del 40 por ciento de las comunidades indígenas no tiene acceso a un centro de salud cercano.
Las historias se repiten con crudeza, aulas improvisadas de madera donde los niños esperan maestros que nunca llegan, jóvenes obligados a migrar hacia San Cristóbal o incluso al Estado de México para continuar sus estudios, y familias que cruzan ríos sobre puentes artesanales que ellos mismos construyeron para mantenerse comunicados. El progreso, tan prometido por distintos gobiernos, sigue siendo una deuda que se aplaza en esta selva.
Frente a este escenario, los tseltales han optado por la organización comunitaria y la protesta como formas de hacerse escuchar. La exigencia no se reduce a infraestructura, lo que piden es dignidad. El puente cristalino que construyeron con sus manos se convierte en símbolo de resistencia y de reclamo al Estado: “Aquí seguimos, a 30 años de la lucha, con largas caminatas para llegar a casa, en espera que la justicia social no se quede solo en discursos”.











































