Familias ajustan horarios, movimientos y reuniones para evitar riesgos en un entorno donde desapariciones y homicidios persisten
IVÁN LÓPEZ/PORTAVOZ
FOTO: ALEJANDRO LÓPEZ
En San Pedro Buenavista, Villacorzo, la inseguridad ya no se percibe como un conjunto de hechos aislados, sino como un proceso que desordenó por completo la vida social. Lo que la comunidad enfrenta hoy es una ruptura prolongada, familias que dejaron de circular con libertad, niños que crecieron con rutinas de resguardo y adultos que asumieron la vigilancia como una responsabilidad cotidiana. Esa sensación colectiva no surge del vacío, Chiapas registró un aumento del 18 por ciento en reportes de desaparición en 2023.
Las familias del pueblo, más que describir hechos violentos, hablan de la imposibilidad de retomar dinámicas que alguna vez fueron comunes. La población convive con la idea de que cualquier trayecto puede tornarse riesgoso, y que los horarios no son una decisión, sino una medida de supervivencia. Esa atmósfera coincidió con los datos del Secretariado Ejecutivo, que reportó un incremento del 27 por ciento en víctimas de homicidio en Villacorzo en los últimos dos años, un patrón que explica la persistencia del temor.
El caso de Alonso, quien regresó a su comunidad para visitar a su familia, reveló otra dimensión de la crisis, la sensación de vulnerabilidad no desaparece ni siquiera en presencia de seres queridos. La población adoptó hábitos de protección que funcionan como reglas sociales no escritas y que trascienden a quienes viven fuera. La Encuesta Nacional de Victimización indicó que el 52 por ciento de los habitantes en zonas rurales del estado modifican su vida diaria por miedo, una tendencia que en San Pedro Buenavista se convirtió en una forma de organización.
La comunidad perdió espacios de celebración, reuniones nocturnas y actividades que fortalecían la convivencia. Incluso quienes no han sido víctimas directas sienten el peso de vivir con la incertidumbre como compañía. El estigma llegó después, el pueblo empezó a ser señalado desde fuera como un territorio asociado a la violencia. De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, el 67 por ciento de la población chiapaneca deja de participar en eventos comunitarios cuando percibe niveles altos de inseguridad.
Lo que ocurre en San Pedro Buenavista no solo reflejó un problema de violencia, sino un escenario donde la estabilidad social se desgastó sin que existan rutas claras para recuperarla. Mientras las autoridades no logren restablecer la confianza pública, la población seguirá dependiendo de sus propias estrategias para enfrentar un entorno peligroso.











































