Expertos advirtieron que sin una transición urgente hacia prácticas sustentables, el futuro agrícola local está comprometido
CARLOS RUIZ/PORTAVOZ
FOTO: ALEJANDRO LÓPEZ
La tierra chiapaneca, durante décadas fue fuente de riqueza agrícola, hoy se encuentra al borde del colapso ecológico. Según el agrónomo e investigador Anselmo Cigarroa de Aquino, más del 70 por ciento de los nutrientes del suelo han desaparecido. El diagnóstico es tan claro como alarmante, el modelo productivo impulsado durante la Revolución Verde no solo fracasó en términos de sostenibilidad, sino que dejó tras de sí un ecosistema erosionado y enfermo.
Regiones emblemáticas como La Frailesca, que alguna vez fueron el corazón del maíz en el sur del país, hoy muestran signos de desertificación acelerada. Campos antes fértiles ahora están cubiertos de costras áridas, incapaces de sostener cultivos básicos. Esta degradación no ocurrió de la noche a la mañana, sino que es el resultado de años de abuso con agroquímicos, sin una estrategia de recuperación ni un replanteamiento del sistema agrícola.
El problema es más profundo que la pérdida física del suelo, compromete también la seguridad alimentaria del estado. En una región donde el 42 por ciento de la población depende de la agricultura para sobrevivir, la reducción de la productividad podría empujar aún más a las comunidades al empobrecimiento y la migración forzada. De acuerdo con cifras del Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera (SIAP), la comarca ha disminuido un 28 por ciento su rendimiento maicero en los últimos 15 años.
Cigarroa de Aquino no es el único que lanza la alerta. Estudios recientes del Instituto Nacional de Investigaciones Forestales, Agrícolas y Pecuarias (INIFAP) confirmaron que más del 60 por ciento de los suelos agrícolas en la entidad presentan niveles críticos de materia orgánica, con una capacidad biológica reducida. A esto se suma el dato del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), solo el nueve por ciento de las unidades de producción agrícola en el estado aplican prácticas sustentables.
Lo que está en juego no es solo la fertilidad del suelo, sino la posibilidad de un futuro agrícola viable para las siguientes generaciones. La transición hacia modelos agroecológicos, el rescate de saberes campesinos y la reforestación de zonas degradadas no son opciones, sino urgencias.











































