La sustitución de la cocina tradicional por alimentos industrializados redefine hábitos en la comarca
IVÁN LÓPEZ/PORTAVOZ
Aunque Chiapas ha sido reconocido por su diversidad agrícola y su cocina tradicional, la dieta cotidiana ha girado hacia productos industriales cuyo impacto ya se observa en la salud pública. El consumo promedio de dos litros diarios de refresco por persona, cifra documentada por el Consejo Nacional de Humanidades, Ciencias y Tecnologías, colocó a la entidad en el primer lugar nacional y muy por encima de los 400 mililitros que se consumen en promedio en el país.
Mientras la comida tradicional pierde presencia en la mesa, los ultraprocesados ganan terreno con 214 kilogramos anuales por persona, de acuerdo con la Organización Panamericana de la Salud, volumen que equivale a más de medio kilo diario de productos con alta densidad calórica. En niñas, niños y adolescentes, el 39 por ciento de las calorías proviene de estos alimentos según el Instituto Nacional de Salud Pública, lo que anticipa un impacto acumulativo desde edades tempranas.
Si se observan los indicadores clínicos, la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición del Instituto Nacional de Estadística y Geografía reportó que más del 36 por ciento de los adultos en México vive con obesidad y cerca del 10 por ciento padece diabetes diagnosticada, enfermedades vinculadas al consumo excesivo de azúcares y sodio. En regiones con alta ingesta de bebidas azucaradas, los riesgos cardiovasculares y metabólicos tienden a incrementarse de manera sostenida.
Aunque la publicidad y la disponibilidad influyen en las decisiones alimentarias, también inciden factores como el costo y la accesibilidad, puesto que los productos industrializados suelen ser más baratos y duraderos que frutas, verduras o proteínas frescas. Datos de la Secretaría de Salud señalaron que las enfermedades crónicas no transmisibles representaron más del 70 por ciento de las muertes en el país, carga que presiona al sistema sanitario y afecta la productividad económica.
En un territorio que produce alimentos frescos, pero consume cada vez más productos empaquetados, la contradicción apuntó a un modelo alimentario que privilegia la industria sobre la tradición y la prevención. La crisis de obesidad que enfrenta la entidad no solo se mide en kilos o diagnósticos médicos, también en la transformación cultural de la dieta y en la urgencia de políticas públicas que promuevan entornos más saludables desde la infancia.











































