La desnutrición y falta de oportunidades laborales se combinan para profundizar la desigualdad en regiones específicas de Chiapas
IVÁN LÓPEZ/PORTAVOZ
FOTO: ALEJANDRO LÓPEZ
Al profundizarse la desigualdad territorial en Chiapas, el acceso a la alimentación se ha convertido en un factor que define quién puede salir de la pobreza y quién permanece atrapado en ella, en específico en una veintena de municipios donde las condiciones sociales han limitado el desarrollo. En estas zonas, la precariedad no solo se mide en ingresos, también en la capacidad real de sostener una dieta suficiente y equilibrada.
En localidades como San Juan Cancuc, Chenalhó, Chanal y Aldama, el problema alimentario se entrelazó con otros indicadores críticos, al considerar que el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social ubicó a la entidad con un rezago social alto en más del 70 por ciento de sus municipios. Esta concentración geográfica mostró que la pobreza no está distribuida de manera homogénea, sino focalizada en regiones específicas.
Al observar los efectos en la población infantil, datos oficiales señalaron que cerca del 30 por ciento de niñas y niños en el estado presentó algún grado de desnutrición crónica, una condición que impacta el crecimiento físico y limita el desarrollo cognitivo desde edades tempranas. Estas afectaciones no se corrigen con facilidad, lo que genera desventajas acumulativas a lo largo de la vida.
Desde una perspectiva económica, la situación se agrava al considerar que en la región más del 65 por ciento de la población ocupada trabaja en condiciones de informalidad, lo que reduce la estabilidad de los ingresos y dificulta el acceso constante a alimentos de calidad. Esta dinámica convirtió la alimentación en una variable de ingresos irregulares, el cual reforzó la vulnerabilidad de miles de hogares.
Con programas sociales que buscan atender el problema desde la asistencia alimentaria y la transferencia de recursos, el desafío radicó en modificar las condiciones estructurales que sostienen el rezago, sobre todo en un contexto donde la comarca se mantiene entre las entidades con menor ingreso corriente per cápita a nivel nacional. Bajo esa presión, el combate a la pobreza alimentaria exige ir más allá de la ayuda inmediata y replantear el modelo de desarrollo en estas regiones.












































