Expertos promueven prácticas más precisas y sustentables para mejorar los cultivos
IVÁN LÓPEZ/PORTAVOZ
En Chiapas, donde cada ciclo de siembra significa supervivencia para miles de familias, el uso de fertilizantes sigue siendo un acto de fe más que una ciencia aplicada. Investigaciones recientes del Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo (CIMMYT) revelaron que cerca del 50 por ciento del nitrógeno aplicado a los cultivos nunca llega a las plantas. El resto se volatiliza, se pierde en escurrimientos o queda atrapado en formas químicas que las raíces no pueden absorber.
Este fenómeno no es exclusivo de la región. En México, la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural (Sader) estima que cada año se pierden hasta 700 mil toneladas de fertilizantes por mala aplicación o por condiciones adversas del suelo. La paradoja es que, mientras se invierten recursos en aumentar la producción, miles de hectáreas sufren por suelos con carencias graves, en la entidad, al menos el 60 por ciento de las parcelas presentan desequilibrios químicos que reducen el rendimiento hasta en un 40 por ciento, según datos del Instituto Nacional de Investigaciones Forestales, Agrícolas y Pecuarias (INIFAP).
A pesar de ello, la práctica predominante sigue siendo la fertilización genérica. La mayoría de los productores aplica los mismos insumos sin considerar si el suelo es ácido, salino, pobre en zinc o con materia orgánica insuficiente. Esta estrategia no solo es ineficiente, también contamina cuerpos de agua y contribuye a la emisión de gases de efecto invernadero. La Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (SEMARNAT), advirtió que los residuos nitrogenados del campo son responsables del 18 por ciento de las emisiones agrícolas en el país.
Frente a este escenario, el CIMMYT propuso un cambio radical, fertilización de precisión basada en mapas de fertilidad y análisis de suelos. En la entidad ya se han mapeado más de 32 mil hectáreas, donde los datos permiten decidir no solo qué fertilizante usar, sino cuándo y cómo aplicarlo. Además, se promueven prácticas como la rotación con leguminosas, el uso de abonos orgánicos y el manejo adecuado de rastrojos, medidas que han demostrado mejorar la productividad entre un 20 y 35 por ciento en cultivos como maíz y frijol.
La transición hacia una agricultura más técnica y sustentable no es solo deseable, es urgente. El desperdicio de fertilizantes representa una fuga económica silenciosa, pero persistente, que impide que el campo chiapaneco alcance su verdadero potencial.











































