Chiapas ocupa el tercer lugar nacional en enfermedades gastrointestinales por malas prácticas en higiene y manejo de alimentos
IVÁN LÓPEZ/PORTAVOZ
El rastro municipal de Villa Comaltitlán se ha convertido en un foco de contaminación visible y persistente. En sus alrededores, zopilotes y perros callejeros se alimentan de restos de carne y vísceras que los matanceros dejan tirados tras las jornadas de sacrificio, lo que ha generado un riesgo sanitario que preocupa a los habitantes. A plena luz del día, la escena se repite sin control ni supervisión oficial, mientras las quejas vecinales crecen.
El problema no es nuevo, pero ha empeorado en los últimos meses. Los vecinos aseguran que el olor a sangre se vuelve insoportable durante las horas de calor y que la acumulación de desechos atrae fauna carroñera. Según la Secretaría de Salud federal, Chiapas ocupa el tercer lugar nacional en brotes de enfermedades gastrointestinales asociadas a malas prácticas sanitarias, con más de 87 mil casos registrados en lo que va del año, una cifra que reflejó la urgencia de atender este tipo de focos infecciosos.
A la par, la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios ha identificado que al menos el 60 por ciento de los rastros municipales del país operan sin cumplir la normatividad sanitaria. En la comarca, el rezago es mayor, solo 12 de los 124 municipios cuentan con instalaciones certificadas. Villa Comaltitlán no figura entre ellos, lo que agrava la exposición a contaminación cruzada y posibles riesgos de zoonosis, como salmonelosis o brucelosis.
La situación también puso en evidencia la falta de gestión local. De acuerdo con la Secretaría del Medio Ambiente e Historia Natural, el 40 por ciento de los municipios chiapanecos no cuenta con un plan de manejo de residuos biológico-infecciosos. En Villa Comaltitlán, los desechos del rastro son arrojados al aire libre, lo que contradice las normas oficiales que exigen su confinamiento inmediato. El abandono institucional, combinado con la negligencia operativa, ha transformado el espacio en una amenaza pública.
Los habitantes exigieron la intervención urgente de las autoridades sanitarias para inspeccionar las condiciones del rastro y sancionar a los responsables. Mientras tanto, el olor metálico y penetrante del desperdicio animal marca el pulso de una comunidad que se siente olvidada, rodeada de riesgos invisibles que el Estado parece no percibir.











































