May Rosas
La incongruencia con apellido
El senador Luis Armando Melgar Bravo ha encontrado la fórmula ideal para limpiar su conciencia, o al menos eso cree. Mientras su hermano Yamil Melgar ejerce como presidente municipal de Tapachula, el legislador del Partido Verde se ha sumado con entusiasmo a la iniciativa que busca prohibir el nepotismo en cargos administrativos. La contradicción es tan evidente que resulta casi cómica, si no fuera por el daño que este tipo de prácticas causa a la credibilidad de las instituciones.
Melgar Bravo declaró recientemente que “hay que ser congruentes” y que “no es correcto que existan cargos administrativos que no son elegidos por la gente y que, aun así, se asignen por vínculos familiares”. Palabras loables, sin duda, si no fuera porque su propio hermano llegó a la Presidencia municipal de Tapachula en un claro ejemplo de nepotismo político. El senador no solo ha respaldado abiertamente a Yamil en su carrera política, sino que en redes sociales se ha referido a él con frases como “Hoy, mi hermano cumple con su legítimo anhelo y su cita con el destino”, una declaración que contrasta notablemente con su nueva cruzada moral.
El caso de los hermanos Melgar Bravo ejemplifica a la perfección lo que ocurre cuando el poder se convierte en un asunto familiar. No se trata de una casualidad que dos hermanos ocupen posiciones de alta responsabilidad en la política local y nacional. Ambos desempeñan cargos de una altísima responsabilidad en la política chiapaneca y mexicana. La pregunta que cualquier ciudadano sensato se haría es sencilla: ¿acaso no hay otros perfiles capacitados en Chiapas que no lleven el apellido Melgar?
La congruencia que tanto defiende el senador parece aplicarse únicamente cuando le conviene. Su trayectoria política es un ejemplo de oportunismo digno de estudio. Luis Armando Melgar se formó y creció en el PRI, llegó a su primera senaduría gracias a la alianza con el PRI-PVEM; hoy sus siglas son el Verde, pero su amor es hacia Morena. Un gesto que podría interpretarse como un acto de coherencia, si no fuera porque se olvidan de los beneficios obtenidos del PRI.
El senador ha presumido que “no he andado chapuleando nunca de un partido a otro”, una afirmación que resulta cuando menos cuestionable para quienes han seguido de cerca su carrera. El cambio de colores políticos parece ser una constante en la familia. Su hermano Yamil, actual presidente municipal de Tapachula, pasó del PAN a Morena de la noche a la mañana. En menos de lo que canta un gallo, Yamil Melgar dejó atrás sus afinidades panistas para abrazar la Cuarta Transformación, justo a tiempo para asegurar un hueso.
LA CONTRADICCIÓN COMO BANDERA
Lo más llamativo del caso es que el propio Partido Verde, según declaraciones del senador, “hoy no tiene una camisa de fuerza con el nepotismo”. Melgar Bravo ha sido claro al señalar que lo relevante rumbo a 2027 será apoyar “a la persona mejor posicionada para ganar la elección”, independientemente de sus vínculos familiares. Esta postura revela que la cruzada contra el nepotismo tiene más de postureo político que de convicción real.
La iniciativa que respalda el senador establece que la prohibición del nepotismo electoral se aplicaría hasta 2030, un plazo generoso que permitiría a los políticos actuales seguir disfrutando de las mieles del poder familiar antes de que las reglas cambien. Una especie de periodo de gracia que resulta sospechosamente conveniente para quienes han construido sus carreras sobre la base de apellidos y conexiones.
Mientras Luis Armando Melgar Bravo pontifica sobre la necesidad de erradicar el nepotismo, su hermano Yamil busca la reelección de Tapachula. Los ciudadanos de esa región no son tontos y saben reconocer cuando un político utiliza los recursos públicos para beneficio propio y familiar. Este antecedente, sumado a su actual cruzada moralista, dibuja el retrato de un político que mide la ética con una regla que se estira o encoge según sus intereses del momento.
La clase política mexicana está llena de ejemplos de personajes que predican una cosa y practican otra. El caso de los hermanos Melgar Bravo es particularmente ilustrativo porque muestra cómo las dinastías familiares se perpetúan en el poder mientras sus integrantes elevan discursos que condenan esa misma práctica.
El senador Luis Armando Melgar Bravo debería explicar a los ciudadanos de Chiapas cómo es posible que, mientras él encabeza una cruzada contra el nepotismo, su hermano Yamil ocupe un cargo que muchos consideran producto precisamente de esa práctica. La respuesta probablemente involucre acrobacias retóricas que ya hemos visto antes.
La iniciativa contra el nepotismo es, en esencia, una buena propuesta. Pero cuando viene de quien viene, pierde credibilidad. Melgar Bravo debería recordar que la congruencia no se decreta, se demuestra con hechos. Y sus hechos, hasta ahora, cuentan una historia muy diferente a la que intenta vender en sus comparecencias públicas.
Quizás lo más triste de todo es que esta contradicción ya no sorprende a nadie. Los ciudadanos se han acostumbrado a que los políticos cambien de opinión, de partido y de valores con la misma facilidad con que cambian de traje. Pero la paciencia social tiene límites, y personajes como los hermanos Melgar Bravo la están poniendo a prueba. El tiempo dirá si la ciudadanía de Tapachula y de Chiapas en general decide seguir tolerando estas prácticas o si, finalmente, exige la congruencia que tanto predican quienes viven del erario público.
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