El abandono institucional afectó estos espacios confiltraciones, fallas eléctricas y deterioro estructural
IVÁN LÓPEZ/PORTAVOZ
FOTO: ALEJANDRO LÓPEZ
El abandono cultural en Chiapas se convirtió en una herida. Durante la pasada administración, los recintos más emblemáticos del estado se deterioraron hasta rozar el colapso. Filtraciones, techumbres dañadas, fallas eléctricas y grietas estructurales evidenciaron una política pública que relegó a la cultura a la última fila del presupuesto. Hoy, el reto no es solo restaurar muros, sino devolverle a la ciudadanía sus espacios de expresión y memoria.
El Centro Cultural Jaime Sabines, corazón simbólico de la vida artística en Tuxtla Gutiérrez, encarna esa decadencia, humedad en los muros, goteras que afectan galerías y un mantenimiento superficial que apenas maquilla los daños acumulados por años. Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía, la comarca destina menos del 0.3 por ciento de su presupuesto anual a cultura, muy por debajo de la media nacional, que ronda el 1.1 por ciento. Una cifra que explica por sí sola el abandono visible.
En el Teatro de la Ciudad Emilio Rabasa, solo el aire acondicionado recibió atención, mientras que el escenario y las butacas continúan deteriorándose. De acuerdo con el Diagnóstico Nacional de Infraestructura Cultural, el 64 por ciento de los espacios culturales en el estado presentan daños que comprometen su operación. A ello se suma que más del 40 por ciento de los municipios chiapanecos carecen de una casa de cultura activa.
El Museo del Café, otro referente del patrimonio local, enfrenta desazolves constantes y fallas en su sistema pluvial. Pese a los esfuerzos recientes de mantenimiento, el deterioro avanza más rápido que la inversión. En 2024, la Secretaría de Cultura federal reportó que la entidad fue uno de los estados con menor inversión por habitante en infraestructura cultural, apenas 14 pesos al año, frente a los 48 pesos del promedio nacional.
Recuperar estos espacios implica más que una restauración estética, es reconstruir la identidad colectiva. Sin foros, museos y centros culturales vivos, se erosiona el vínculo entre las comunidades y su historia. Hoy, los muros agrietados del Jaime Sabines o el silencio del Emilio Rabasa son más que señales de descuido; son reflejo de un Estado que dejó que su cultura se oxidara. La urgencia no es pintar paredes, sino reactivar la vida que alguna vez llenó de arte y pensamiento a la comarca.











































