Advirtió también que el país enfrenta una pérdida creciente del “cariño y amor unos por otros”
YUSETT YÁÑEZ/PORTAVOZ
En el marco de la conmemoración de los Fieles Difuntos, la Arquidiócesis de Tuxtla Gutiérrez dedicó su mensaje anual no solo al recuerdo espiritual de quienes han partido, sino también a la dolorosa situación de violencia que atraviesa el país. Durante la homilía celebrada este 2 de noviembre, el arzobispo Francisco Javier González González lamentó profundamente el asesinato del presidente municipal de Uruapan, Carlos Manzo, ocurrido el sábado 1 de noviembre, un crimen que, afirmó, refleja la gravedad del momento que vive México.
De acuerdo con el arzobispo, Manzo alcalde independiente fue atacado mientras convivía con su comunidad y su familia. Recibió cinco disparos que le arrebataron la vida pese a que ya había solicitado apoyo ante amenazas que, según relató, provenían de “grupos muy consistentes” del crimen organizado. El líder religioso subrayó que el edil había expresado sentir riesgo inminente y pidió a las autoridades actuar antes de que ocurriera una tragedia. Sin embargo, dijo, la respuesta institucional se limita frecuentemente a “abrir carpetas de investigación que quedan detenidas si nadie presiona”, criticó.
En su mensaje, González González expuso que este crimen no es un hecho aislado, sino parte de una larga cadena de asesinatos que golpean a ciudadanos, autoridades locales y comunidades enteras. México, señaló, se encuentra sumido en una “violencia irracional e incomprensible”, donde los conflictos territoriales, la presencia del crimen organizado y la ausencia de políticas preventivas efectivas han convertido al país en un territorio donde el luto se ha normalizado. “¿Cuándo se le pondrá freno? ¿Cuándo encontraremos caminos donde la justicia sea preventiva?”, planteó.
El mensaje de la Arquidiócesis subrayó que, en estas fechas, profundamente arraigadas en la cultura mexicana, la memoria de los difuntos no puede desvincularse de la realidad social. En muchos altares, recordó, hay espacios vacíos destinados a personas desaparecidas, un dolor persistente que exige verdad, justicia y acompañamiento. El prelado insistió en que la violencia ha dejado huellas profundas en familias que aún esperan noticias de sus seres queridos, y que estas ausencias deben ser reconocidas como parte del contexto actual de muerte impuesta.
El arzobispo advirtió también que el país enfrenta una pérdida creciente del “cariño y amor unos por otros”, afectado por la codicia, la impunidad y lo que llamó una “guerra interna” que impide construir un México en paz. Agregó que esta crisis se agrava por la precariedad en los servicios de salud, que provoca fallecimientos que pudieron haberse evitado. Enfermedades curables o controlables, afirmó, hoy terminan en tragedias por falta de atención oportuna, sumándose a la lista de muertes que enlutan al país.
González González exhortó a que esta conmemoración no sea solamente un rito nostálgico, sino un llamado urgente a la acción comunitaria y social. Invitó a la población a fortalecer el tejido social, a exigir condiciones de vida digna, justicia y paz, y a convertirse en “sembradores de esperanza” en un país donde la violencia amenaza cotidianamente la vida de miles.
Finalmente, pidió elevar una oración no solo por quienes han partido, sino también por quienes continúan siendo víctimas de la violencia, la desigualdad, los accidentes y la ausencia de servicios esenciales. “La vida digna debe ser un sello de nuestra existencia concluyó, incluso mientras caminamos entre la oscuridad de esta realidad y la luz de la esperanza”.











































