May Rosas
El festín del calígula de Protección Civil
Hay secretarios de Protección Civil que se preparan para desastres. Mauricio Cordero se prepara el desayuno, las comidas y las cenas. No cualquier alimento. Son ingestas dignas de un sultán en la selva, un festín de jeque en tierra de damnificados. Banquetes excéntricos como los de Calígula. Mientras Chiapas tiembla, se inunda y se desgaja, el funcionario estatal descubrió que el verdadero riesgo país es tener que repetir los tacos de canasta de la esquina y tortas con sabor a hule.
La austeridad es un concepto elástico, como la pretina de un pantalón después de diciembre. Para algunos, significa recortes, transparencia y rendición de cuentas. Para Mauricio Cordero, significa sustituir las tortillas frías por un chef de tiempo completo que le calcule las proteínas, los carbohidratos y las grasas saludables como si su barriga fuera un expediente técnico. El secretario de Protección Civil de Chiapas, el hombre que debería estar pensando en rutas de evacuación, pasa las mañanas preguntándose si su jugo verde tiene suficiente espinaca o si el postre sin gluten alcanzará el punto exacto de azúcar de coco.
La dependencia que dirige parece haberse confundido de giro. No es un centro de operaciones de emergencia, es el set de grabación de un programa de cocina de lujo. Las reuniones de evaluación de riesgos ya no se amenizan con café frío y galletas animalitos, ahora hay canapés coronados con lonjas de salmón. Uno imagina a los brigadistas discutiendo el deslave en alguna carretera mientras untan queso brie en una galleta de centeno. La logística humanitaria debe esperar, primero hay que darle el visto bueno al terrine de verduras.
Mauricio Cordero aprendió del mejor, o del peor. Imita al expresidente López Obrador, aquel que guardó como un tesoro nacional a su chef de cabecera, Ramón Antonio Torres Morales. El tabasqueño predicaba la pobreza franciscana mientras un cocinero personal le mimaba el paladar lejos de las cámaras. Cordero lleva esa lección a Chiapas, pero sin el disimulo. Construyó una cocina integral en plena dependencia gubernamental, no una cocinita de campaña para calentar latas, no. Una cocina integral, como si fuera la parafernalia de un restaurante con estrella Michelin.
Y todo ello abastecido con suministros de Sam’s Club, cargado al presupuesto. Porque ser discreto no es lo suyo. Al despecho del secretario de Protección Civil no llegan las comandas de La Vianda o de La Casona, esos santuarios de la comida ejecutiva. Allá por los rumbos de Terán, la cocina humea con ingredientes que no bajan de la central de abastos. Salmón ahumado, queso de cabra, aceite de oliva extra virgen con denominación de origen, frutas y verduras frescas. La despensa del secretario parece el inventario de una tienda gourmet en la Condesa.
Pero el festín no es privado. El círculo cercano de Mauricio Cordero, esos cuates que aparecen como por arte de magia con recibos de honorario bajo el brazo, parecen sacados de un banquete de Calígula. El emperador romano invitaba a sus équites a empacharse mientras el pueblo rumiaba migajas. Aquí igual. Los compadres del secretario desfilan por la cocina integral, degustan el salmón, aprueban el punto del risotto, y luego cobran su dieta con dinero destinado a proteger a los chiapanecos. No importa si afuera un alud puede sepultar una comunidad. Que a todo dar es convocar a la familia y los cuates a degustar platillos, porque la solidaridad empieza por casa, y si la casa tiene chef y canapés, pues qué mejor.
Mauricio protege su peso, su estómago, su figura. El secretario de Protección Civil se ha declarado en emergencia contra la pancita. Cada gramo de grasa es un enemigo a batir, cada caloría un desastre que evitar. Controla sus macros con la misma disciplina que debería usar para revisar los protocolos de inundación. Y claro, si eso significa desproteger el presupuesto de la dependencia, pues ni modo. La chequera pública también necesita una dieta, pero esa sí se la salta. Porque la única protección que le importa a Cordero es la de su silueta. Lo demás, terremotos, deslaves, huracanes, incendios, son problemas de la gente de a pie, de esa gente que jamás probará un jugo verde con semillas de chía orgánica.
Los caprichos de Mauricio Cordero son pocos, o al menos eso debe pensar él. Además de alimentarse como un sultán mientras afuera los desastres pueden ocurrir, el funcionario ha decidido compartir su fortuna con los seres más leales de su círculo. Ocho caninos, que comen como si fueran caballos españoles de pura raza de exhibición. No perros callejeros rescatados, no animales de terapia comunitaria. Lomo fino, vísceras seleccionadas, pienso de alto pedorraje. La ración mensual de un solo canino debe equivaler al presupuesto de decenas de costales de arena para prevenir inundaciones.
Y no es para menos, dicen por ahí que el dinero sobra; la limpieza del Cañón del Sumidero tiene un costo mensual de tres millones de pesos. Tres millones de pesos cada mes para retirar basura. Uno intenta imaginar la factura: lanchas, personal, equipo, todo muy necesario para que el Cañón no parezca un tiradero. Pero la cabeza piensa mal y el secretario come mejor. Porque si hay presupuesto para sacar llantas y envases de plástico del río Grijalva, también lo hay para la cocina integral, para el chef, para los caninos que comen como purasangres y para los banquetes de Calígula con sus cuates factureros.
Uno se pregunta qué clase de protección civil es esta. Si un huracán arrasa la costa, si un sismo derrumba viviendas en la sierra, si una tormenta deja pueblos enteros incomunicados, ¿quién coordina la ayuda? Seguramente un secretario atareado, con la agenda llena de catas de vino y reuniones para planificar el menú de la próxima semana. La dependencia que debería ser la primera en responder es hoy una vitrina de mal gusto, un escaparate de la frivolidad vestida de chaleco salvavidas.
No se persigue un lujo y exceso, es el contexto de Chiapas, uno de los estados más pobres y desiguales del país, con comunidades donde la dieta diaria se reduce a frijoles, maíz y, con suerte, un huevo. Pero el secretario Cordero necesita su balance perfecto de proteínas, sus carbohidratos medidos al gramo, sus grasas saludables para no echar barriga. La barriga de los demás, esa que se hincha de hambre, no aparece en su bitácora de riesgos. El secretario se hunde en su butaca, satisfecho, con la panza llena y el ego inflado. Protegiendo su digestión.
Gracias querido lector, con gusto recibo comentarios, NOS LEEMOS EN LA PRÓXIMA…




















































