Más del 70 por ciento del afluente presenta altos niveles de contaminación por falta de gestión integral
IVÁN LÓPEZ/PORTAVOZ
Durante una lluvia intensa, el río Sabinal puede arrastrar hasta 60 metros cúbicos de agua por segundo, lo que equivale a 60 mil botellas de un litro fluyendo cada instante frente a los ojos de cualquier transeúnte. Esta imagen poderosa no solo reveló la magnitud del caudal, sino también la urgencia de repensar el abandono estructural que arrastra consigo el principal afluente de Tuxtla Gutiérrez. Lejos de ser un río limpio y funcional, el Sabinal se ha convertido en un corredor de agua contaminada, atascada y cada vez más peligrosa.
Las cifras no son menores. Según la Secretaría de Medio Ambiente e Historia Natural (Semarnat) de Chiapas, al menos el 72 por ciento del cauce urbano del Sabinal presenta niveles de contaminación superiores a los parámetros recomendados por la NOM-001-SEMARNAT. Además, datos del Sistema de Agua Potable y Alcantarillado revelaron que cada año se generan dos mil 800 toneladas de basura que terminan en arroyos, muchas de ellas arrastradas hacia el río por lluvias repentinas. Lo que debiera ser un sistema de drenaje natural ha sido convertido en depósito de desechos.
A esto se suma la mala planeación hidráulica. El ingeniero Martín Mundo Molina señaló que los arroyos tributarios que desembocan en el Sabinal fueron conectados en línea recta, lo que ha generado cuellos de botella en temporadas de lluvia. Esta configuración, lejos de ser una solución, representa un riesgo recurrente. El 61 por ciento de los encharcamientos severos registrados por Protección Civil en los últimos tres años en Tuxtla se concentran en zonas donde afluentes secundarios se cruzan con el Sabinal.
El mayor peligro no está solo en la fuerza del agua, sino en lo que arrastra, basura, lodo, plástico y estructuras debilitadas. De acuerdo con el Atlas Municipal de Riesgos, 47 colonias de la ciudad están clasificadas en riesgo alto de inundación durante la temporada de lluvias, muchas de ellas asentadas en los márgenes del río o sobre antiguos cauces ahora pavimentados.
Más que esperar a que las lluvias revelaran otra vez másfallas, urge asumir que el Sabinal no es solo un río, es un termómetro de gestión urbana. Cada botella arrastrada, cada arroyo colapsado y cada taponamiento son síntomas de una ciudad que no se prepara para su propio clima.











































