José Luis Castillejos
Zinacantán es una flor bordada en la espalda de una niña. Una trenza larga, apretada como la historia de su madre. Y de su abuela. Y de su bisabuela que también tejía en silencio.
Las mujeres aquí caminan como si el mundo no las pesara. Con una dignidad que no se aprende en la escuela. Tienen las manos curtidas, sí, pero suaves cuando dan una flor.
Las casas huelen a tortillas, a pino, a una ternura antigua que no ha sido tocada por nadie.
Vi a una muchachita sentada en un banquito, bordando. Se reía para adentro. Me miró como se mira a los que llegan tarde a la historia.
Y es que aquí todo se borda: las penas, los sueños, las ausencias. Zinacantán no pide nada. Te deja pasar. Pero si escuchas con atención, puede que oigas el susurro de una mujer diciendo: “Aquí vivimos, aunque no lo crean”.
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Llegué temprano a Zinacantán. El frío bajaba por las montañas como un rebozo grueso. A un lado del camino, una señora acomodaba flores con paciencia. Me acerqué. No me miró. Me ofreció una gladiola sin decir palabra.
“¿De quién son?” le pregunté.
“Del cerro”, dijo. Y volvió a su silencio.
En la plaza, unas niñas jugaban con pétalos. Reían bajito, como si supieran que en Zinacantán no se alza la voz porque el eco puede llevarse los secretos.
Adentro de una casa, una abuela tejía con la luz entrando de lado. El telar crujía despacito. “Bordo lo que no digo”, me dijo.
Y sí. Aquí las mujeres no cuentan historias. Las bordan. Las cantan entre dientes. Las dejan secar al sol en el patio.
Me fui despacio. Sentí que algo se me quedaba en las manos. Tal vez la flor. Tal vez el silencio. Tal vez el hilo invisible de la memoria.
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Zinacantán es un pueblo envuelto en niebla. No sé si baja del cerro o si sale de las casas. Pero ahí estaba. Densa. Lenta.
Las mujeres caminaban como si ya lo hubieran visto todo. Unas llevaban flores. Otras, niños. Ninguna hablaba. Pero sus pasos decían cosas. Cosas que no entendí.
Yo venía de otro lado. De donde las palabras pesan menos. Allá no se teje. Se olvida. Aquí no. Aquí bordan la historia en cada trapo.
Entré a la iglesia. Un perro dormía junto a la puerta. Dentro, solo velas. Y el crujir de los pies sobre agujas de pino. Me persigné sin saber por qué. Tal vez por miedo. Tal vez por respeto.
Salí sin decir adiós. Y desde entonces, a veces en el sueño, oigo el golpeteo de un telar. Como si alguien me dijera que todavía no entiendo nada.
En Zinacantán, las flores no son decoración: son política cultural. Un lenguaje sin intérprete. Las mujeres bordan mientras escuchan, y con cada puntada hacen memoria. La indumentaria no es folclor, es resistencia textil.
Caminas y no ves pobreza, ves sobriedad. Hay casas de lámina que se confiesan al monte. Niños con los pies polvorientos que saben más de la tierra que cualquier otro. Aquí, la economía es floral y silenciosa.
El silencio es denso, sí, pero no por falta de palabras. Es un código. Una forma de decir “sabemos quiénes somos, aunque ustedes no entiendan nada”.




















































