El movimiento es la manera de visibilizar su existencia ante un Estado que los ha reducido a estadísticas y trámites interminables
ARGENIS ESQUIPULAS/PORTAVOZ
FOTOS: ALEJANDRO LÓPEZ
La frontera sur de México vuelve a convertirse en epicentro de la crisis migratoria que desde hace años se vive en el país. Decenas de hombres, mujeres y niños migrantes, en su mayoría procedentes de Cuba, anunciaron la organización de una nueva caravana migrante que partirá de Tapachula rumbo a la Ciudad de México el próximo 1 de octubre, con el objetivo de exigir la regularización de sus documentos y un alto a lo que califican como años de abandono institucional.
La noticia se dio a conocer en una conferencia de prensa improvisada frente al parque central de Tapachula, donde los migrantes —algunos con banderas cubanas en mano, otros con pancartas de cartón improvisadas— pidieron de manera directa la intervención de la presidenta Claudia Sheinbaum, a quien solicitaron dar respuestas inmediatas a sus casos. De no hacerlo, advirtieron, caminarán por las carreteras del sur del país hasta llegar a la capital.
El testimonio más emotivo de la tarde fue el de Ernesto Valdés Romero, un cubano de 43 años que relató haber pasado más de dos décadas buscando una vida digna fuera de su país natal. Valdés aseguró que en Cuba sufrió discriminación por su orientación sexual, además de persecución política que lo llevó a salir sin más pertenencias que una pequeña mochila.
“No tengo la posibilidad de trabajar, en cualquier lugar al que voy me dicen que no puedo porque no cuento con la CURP ni con ningún documento oficial. No sé cómo moverme, cómo sustentarme, y tampoco puedo regresar a mi país. Llevo cinco meses esperando una respuesta de la Comar (Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados) y no hay nada”, expresó con voz quebrada.
La ley mexicana establece que la Comar debe dar respuesta en un máximo de 45 días hábiles a las solicitudes de refugio, pero, según Valdés Romero, ese plazo nunca se cumple. “Hay personas que llevan ocho meses, hasta dos años esperando, y al final llegan con entrevistas grabadas que no son tomadas en cuenta, solo para recibir una negativa”, denunció.
Otro de los testimonios fue el de Marcos Pérez Cordero, también originario de Cuba, quien dijo haber agotado todos sus ahorros en trámites legales que terminaron en fraude. Relató que personas que se hacen pasar por abogados se aprovechan de la desesperación de los migrantes, les cobran grandes cantidades de dinero y luego desaparecen.
Pérez Cordero aseguró que, mientras tanto, ha tenido que sobrevivir con trabajos eventuales en la construcción, aunque recientemente fue víctima de un asalto en el que perdió parte de sus herramientas. “Ya no tengo más dinero, ya no sé cómo seguir. Lo único que quiero es trabajar de manera honrada y no estar huyendo de la Policía. Le pido a la presidenta que nos escuche, que nos ayude, que nos permita ser legales en este país”, declaró.
El migrante señaló que cada día es más difícil encontrar opciones para sobrevivir en Tapachula, donde miles de migrantes permanecen varados. “Todo lo que teníamos se fue en trámites, en engaños, y aquí estamos, sin salida”, concluyó.
UNA CRISIS QUE NO TERMINA
Los testimonios de Ernesto y Marcos son apenas dos voces entre los cientos de migrantes que permanecen atrapados en Tapachula. La ciudad se ha convertido en una especie de embudo migratorio, donde confluyen personas procedentes no solo de Cuba, sino también de Haití, Honduras, Venezuela, Nicaragua y países africanos.
Muchos llegan con la esperanza de que México les permita avanzar hacia el norte, pero pronto se topan con una serie de barreras burocráticas que los obliga a permanecer durante meses o incluso años en el mismo lugar, sin poder trabajar ni desplazarse.
De acuerdo con organizaciones locales de derechos humanos, la saturación de la Comar en Tapachula ha generado un cuello de botella que retrasa todos los procesos de refugio. Los solicitantes, además, enfrentan la falta de información clara, la precariedad laboral, el riesgo de extorsiones y la violencia cotidiana de una frontera donde la pobreza y la inseguridad son moneda corriente.
LA CARAVANA COMO ÚLTIMO RECURSO
El anuncio de la caravana no es nuevo: en los últimos cinco años, Tapachula ha sido el punto de partida de numerosas movilizaciones masivas de migrantes que, cansados de esperar respuestas, deciden emprender camino hacia la Ciudad de México o incluso hacia la frontera con Estados Unidos.
En esta ocasión, los migrantes afirman que su decisión no es política ni oportunista, sino un grito desesperado ante la falta de alternativas. “Queremos papeles, queremos regularización, no queremos limosnas”, gritaban al unísono los presentes al finalizar la conferencia.
La ruta prevista será la carretera costera de Chiapas, avanzando hacia Oaxaca y Veracruz, para finalmente intentar llegar a la capital mexicana. Aunque saben que el trayecto será largo y peligroso, aseguran que no tienen otra opción. “Es caminar o morir en el abandono”, dijo una mujer haitiana que se sumó a la convocatoria.
LA RESPUESTA PENDIENTE DEL GOBIERNO
Hasta ahora, ni la Comar ni el Instituto Nacional de Migración (INM) han emitido una postura oficial frente al anuncio de la caravana. Sin embargo, en otras ocasiones las autoridades han intentado frenar estos desplazamientos mediante retenes, operativos de la Guardia Nacional y ofertas de regularización condicionada, que pocas veces cumplen las expectativas de los migrantes.
La presidenta Claudia Sheinbaum, quien asumió el cargo hace apenas unos meses, enfrenta así uno de los primeros grandes retos de su administración en materia migratoria. Para los migrantes en Tapachula, su intervención directa es la única esperanza.
“Sabemos que México es un país de tránsito, pero también de oportunidades. No pedimos privilegios, pedimos derechos básicos. Pedimos que se respeten los tiempos, que no nos engañen, que no nos criminalicen”, afirmó Ernesto Valdés Romero, con la voz firme mientras sostenía una cartulina en la que se leía: ‘Regularización ya’.
VOCES DE ESPERANZA EN MEDIO DE LA INCERTIDUMBRE
A pesar de la dura realidad, entre los migrantes aún persiste la esperanza de construir una nueva vida. Muchos de ellos sueñan con trabajar en oficios que ya desempeñaban en sus países: algunos eran carpinteros, otros maestros, otros comerciantes. En Tapachula, sin embargo, no pueden ejercer nada de ello.
Marcos Pérez Cordero recordó que en Cuba trabajaba como técnico en electricidad y que su anhelo es poder aplicar sus conocimientos en México. “Este país necesita manos de obra, necesita gente que quiera trabajar. Nosotros queremos hacerlo, pero sin papeles no hay futuro”, subrayó.
Las familias migrantes, especialmente aquellas con niños pequeños, enfrentan aún mayores dificultades. Algunos duermen en parques, otros sobreviven gracias a la ayuda de iglesias y organizaciones de la sociedad civil. Sin embargo, la mayoría coincide en que esas ayudas son apenas paliativos y que la única solución real es la regularización.
LA CARAVANA Y SU SIMBOLISMO
Más allá del hecho práctico de caminar cientos de kilómetros, la caravana se ha convertido en un símbolo de resistencia para los migrantes. Es la manera de visibilizar su existencia ante un Estado que, según ellos, los ha reducido a estadísticas y trámites interminables.
“Cada paso que damos es una denuncia. Caminar juntos es nuestra forma de decirle al mundo que estamos aquí, que existimos, que tenemos derecho a un futuro”, explicó un joven hondureño que también se sumará a la movilización.
El grito colectivo con el que concluyó la conferencia resume el espíritu de esta nueva caravana:
“¡Vivan los migrantes, abajo la corrupción, queremos papeles!”.
Una consigna que, según dicen, los acompañará desde Tapachula hasta la Ciudad de México, y que esperan sea escuchada no solo por las autoridades, sino también por una sociedad mexicana que, en muchos casos, ha mostrado solidaridad, pero en otros, creciente rechazo.




















































