Cada comunidad recuerda su palabra firme, sus homilías valientes y su disposición a enfrentar amenazas
ARGENIS ESQUIPULAS/PORTAVOZ
Chiapas recuerda entre el dolor y la indignación un año del asesinato del padre Marcelo Pérez Pérez, un crimen que aún no encuentra justicia plena. “¿Por qué lo mataron?”, se preguntan su familia, su comunidad y la Iglesia católica, mientras la respuesta sigue envuelta en la impunidad.
Aunque Edgar N. fue condenado a 20 años de prisión por ser el autor material del disparo que acabó con su vida, el juicio abreviado dejó vacíos profundos. No se esclareció quién ordenó el homicidio, ni cuáles fueron las motivaciones detrás de un ataque que truncó la vida de uno de los sacerdotes más comprometidos con la defensa del territorio y los derechos humanos en Los Altos de Chiapas.
El padre Marcelo, de origen tsotsil, era más que un sacerdote. Fue un guía espiritual, un mediador en conflictos, un defensor del medio ambiente y un acompañante incansable de comunidades desplazadas por la violencia. Su paso por parroquias como Chenalhó, Simojovel y Pantelhómarcó la historia reciente de Chiapas: cada comunidad recuerda su palabra firme, sus homilías valientes y su disposición a enfrentar amenazas.
Su compromiso con los sobrevivientes de la masacre de Acteal, ocurrida en 1997, lo convirtió en una figura incómoda para quienes prefieren el silencio. Denunció en repetidas ocasiones que aquel crimen fue un crimen de Estado, exigiendo castigo para los responsables intelectuales, entre ellos a altos funcionarios del Gobierno federal de entonces. También levantó la voz por la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, por los desplazamientos forzados en Chiapas y por el control armado que ejercen grupos criminales con complicidad de autoridades locales.
“Para mí la vida es Cristo, y morir una ganancia”, solía decir en sus homilías, citando a San Pablo. Muchos de sus feligreses recordaron esas palabras el día que supieron de su asesinato, como una premonición del destino que enfrentaba con serenidad.
EL CRIMEN QUE ESTREMECIÓ A CHIAPAS
La noche del 20 de octubre de 2024, el sacerdote fue atacado a balazos en el barrio de Cuxtitali, en San Cristóbal de Las Casas, después de haber oficiado misa. Las cámaras de seguridad registraron el momento en que Edgar N. se acercó a su vehículo y disparó.
Dos días después, el agresor fue detenido y, tras meses de investigación, el 6 de agosto de 2025, fue sentenciado a 20 años de prisión. Sin embargo, el proceso judicial no permitió identificar a los autores intelectuales del crimen.
“El asesino no dimensionó la repercusión social del caso ni la exhaustividad de la investigación. Lo vio como un encargo más, creyendo que habría impunidad”, relató el abogado que representa a la familia y a la Diócesis de San Cristóbal de Las Casas, quien pidió el anonimato por seguridad.
La Fiscalía General de la República (FGR) atrajo la investigación ante la relevancia del caso y las posibles implicaciones con grupos armados que operan en la región de Pantelhó, un municipio marcado por tensiones políticas, conflictos territoriales y violencia paramilitar.
En vida, el padre Marcelo fue víctima de campañas de difamación y de constantes amenazas. Lo acusaron falsamente de tener vínculos con grupos de autodefensa y de participar en la desaparición de 19 personas en Pantelhó. Sus denuncias contra los caciques locales, el narcotráfico y la colusión entre autoridades y criminales fueron documentadas por organismos de derechos humanos.
Su hermano, Romeo Pérez Pérez, recuerda el último encuentro con él, el 15 de octubre de 2024. “Me dijo: ‘Yo ya estuviera muerto, pero gracias a Dios estoy vivo’. Hablaba con una calma que me asustó, como si supiera lo que venía”.
Hoy, Romeo visita con frecuencia la tumba de su hermano, junto a la iglesia de San Andrés Larráinzar, donde descansan sus restos. “Cuando estoy allí pido a Dios que llegue la justicia en nuestro Estado”, dijo con voz quebrada.
Quienes lo conocieron lo describen como un hombre de profunda espiritualidad y coraje. Los miembros de la organización Las Abejas de Acteal lo recuerdan con cariño y gratitud:
“Cuando llegó a Acteal, empezó a entender nuestra lucha y nuestro caminar. Comenzó a tomar valor, su corazón se fue fortaleciendo; miró en nosotros que no tenemos miedo en denunciar las injusticias y la impunidad. Empezó a hablar como nosotros, y se hizo grande su corazón”.
El padre Marcelo “se volvió Abeja”, dicen sus compañeros, porque asumió como propia la causa de los pueblos que buscan verdad y reparación. Desde el altar, en las calles y en los foros públicos, exigió que se castigara a los responsables de Acteal, a quienes llamó “los verdaderos culpables: los que ordenaron y financiaron la masacre”.
Su voz también se alzó contra la militarización y los megaproyectos en territorio indígena. En sus últimas apariciones públicas, advirtió que “Chiapas está siendo sometida por la violencia”, y que el Gobierno debía tomar en serio la paz. “No queremos ser esclavos; somos hijas e hijos de Dios y somos libres”, dijo durante la peregrinación por la paz realizada el 13 de septiembre de 2024 en Tuxtla Gutiérrez.
UN PROFETA INCÓMODO PARA LOS PODEROSOS
El compromiso del padre Marcelo lo llevó a confrontar tanto a grupos criminales como a autoridades. “Los gobiernos locales, estatales y federales empezaron a incomodarse con su palabra verdadera”, recuerda una integrante del Consejo Pastoral.
En 2011, fue trasladado de la parroquia de Chenalhó a Simojovel, debido a presiones de sectores que no soportaban su denuncia constante. “Era como Jesús, no aceptado en su tierra”, señalan feligreses. Pero en Simojovel la situación era aún más peligrosa: proliferaban los grupos delictivos y la venta de armas y drogas.
“Ustedes me enseñaron a no tener miedo —les dijo entonces— y aunque haya amenazas de muerte, siempre hay que denunciar, porque no se puede callar la verdad”.
En 2021, cuando las amenazas se intensificaron, la organización Las Abejas viajó a Simojovel para acompañarlo. Llevaron rezos, tierra y agua sagrada de Acteal. “Días después nos contó que uno de los hermanos del Consejo Parroquial vio salir una luz de esa agua. Él creía en los signos, y decía que Acteal es tierra sagrada regada por sangre inocente”.
UN CRIMEN POLÍTICO Y SOCIAL
Para las comunidades que acompañó, el asesinato del padre Marcelo no fue un hecho aislado, sino parte de un contexto más amplio de violencia estructural, impunidad y represión. Su muerte, dicen, fue un mensaje contra quienes se atreven a denunciar los vínculos entre el crimen organizado y el poder político.
Organizaciones civiles sostienen que el Estado mexicano tiene una deuda histórica con los pueblos indígenas, y que la muerte del sacerdote refleja el fracaso del sistema de justicia. “No solo mataron a un sacerdote, mataron a un símbolo de la esperanza”, señala un comunicado del Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de Las Casas.
Incluso el papa Francisco expresó su solidaridad con la diócesis chiapaneca, calificando a Marcelo como “un pastor que dio su vida por la paz y la justicia”.
MEMORIA Y ESPERANZA
En el primer aniversario de su asesinato, las comunidades se reunieron en Acteal y San Andrés Larráinzar para recordarlo. En una misa multitudinaria, su figura fue nombrada “profeta y mártir de la paz”. Las Abejas de Acteal emitieron un pronunciamiento donde lo describen como un hombre que “sembró semillas de esperanza que el poder intentó eliminar, pero que hoy florecen en cada corazón”.
“Aunque los poderosos creen haber matado al padre Marcelo, en realidad solo pudieron matar su cuerpo. Su espíritu vive en nosotros. Podrán matar el cuerpo, pero nunca el alma”.
Entre cantos y rezos, los asistentes entonaron el himno “Venceremos”, que él solía cantar:
“Pronto venceremos, juntos lucharemos hasta el final, quiero que mi país sea feliz, con amor y libertad. Solo con justicia nos haremos dueños de la paz”.
JUSTICIA PENDIENTE
A un año del crimen, la exigencia es clara: no puede haber paz sin verdad. La familia del sacerdote, la diócesis y las comunidades tsotsiles reclaman que se investigue a fondo quién ordenó el asesinato y por qué.
El expediente, aseguran, está lleno de irregularidades. La FGR no ha presentado avances significativos desde agosto, y los posibles vínculos entre el homicidio y los conflictos en Pantelhó permanecen sin esclarecer.
“Las autoridades han actuado con tibieza. No hay voluntad política para tocar intereses de los poderosos”, lamentó Romeo Pérez. “Pero nosotros no vamos a callar. Seguiremos luchando, porque Marcelo nos enseñó que solo el pueblo puede salvarse a sí mismo”.
EPÍLOGO: LA MEMORIA QUE NO MUERE
Hoy, su nombre y su memoria están presentes en murales, canciones, libros y documentales. En los pueblos tsotsiles, su figura se invoca en las oraciones y en las marchas por la paz. “El padre Marcelo vive en las montañas, en los rezos de las mujeres, en el canto de las aves”, dijo una feligresa de Acteal.
Porque, aunque los asesinos creyeron silenciar su voz, lo que hicieron fue multiplicarla.




















































