A través de una colecta, investigación y propagación, resguardan especies emblemáticas y en peligro de extinción
YUSETT YÁÑEZ|PORTAVOZ
En el jardín botánico Faustino Miranda, existe un santuario que no alberga animales ni grandes árboles, sino la promesa de la vida misma: el Banco de Germoplasma. Esta institución se ha convertido en la última línea de defensa para la biodiversidad del estado, operando bajo una premisa fundamental: no se puede proteger el futuro sin asegurar la semilla.
El proceso para salvaguardar la herencia natural de la región es una labor titánica que requiere precisión científica y paciencia artesanal. No basta con recoger un fruto; el equipo de expertos realiza un despliegue de campo que comienza con la identificación de árboles “madre” con características genéticas superiores.
Una vez recolectado el material, se inicia la etapa conocida como “beneficio”. Este proceso consiste en extraer el material genético de los frutos mediante métodos que varían según la especie. “Nosotros lo que hacemos es todo un proceso largo que incluye desde la colecta hasta el beneficio de la semilla, que quiere decir que las extraemos de los frutos por diferentes métodos, ya sea manual o mecánico”, explicaron los técnicos del banco. Esta fase es crítica, dado que un mal manejo podría dañar el embrión de la semilla, anulando años de trabajo en un segundo.
El banco se enfrenta a desafíos biológicos extraordinarios. Uno de los mayores retos es el rescate de especies cuyas características naturales dificultan su reproducción en un entorno cambiante. Un ejemplo emblemático es el Guapinol, un gigante maderable cuya semilla posee una cubierta tan dura que, en la naturaleza, puede tardar años en germinar o simplemente no lograrlo sin la intervención humana o condiciones climáticas muy específicas que hoy son escasas.
Por otro lado, el esfuerzo se intensifica con especies de crecimiento extremadamente lento y nichos ecológicos restringidos. Las Beaucarneas, popularmente conocidas como “Patas de Elefante”, son el centro de atención de los investigadores. Estas plantas habitan en zonas rocosas y escarpadas, como las paredes del imponente Cañón del Sumidero.
Debido a su rareza y a la presión del comercio ilegal, estas especies se encuentran bajo estrictas categorías de protección internacional. El banco no solo resguarda sus semillas bajo condiciones controladas, sino que gestiona permisos especiales para su estudio, consciente de que su pérdida significaría la desaparición de un eslabón único en la evolución biológica de la Depresión Central.
A diferencia de un museo, el Banco de Semillas es un ente vivo. Su función no es simplemente la exhibición o el almacenamiento pasivo, sino la propagación estratégica. El “oro verde” que se custodia en sus bóvedas tiene un destino final: el suelo chiapaneco.
A través de un robusto programa de donaciones a proyectos comunitarios e institucionales, el banco distribuye semillas de especies maderables de alto valor ecológico, como el Jobillo. El objetivo es que estas variedades vuelvan a poblar las zonas degradadas de la entidad. Al entregar este material genético a las comunidades locales, se asegura que la diversidad no solo se mantenga en un frasco de cristal, sino que se multiplique en los bosques y selvas.
La labor de los guardianes del germoplasma es un puente entre el pasado biológico de Chiapas y su supervivencia futura. Cada semilla que logra germinar en un proyecto de reforestación comunitaria representa una victoria contra la deforestación y el cambio climático.











































