Habitantes sostienen que no representa desarrollo, sino despojo y contaminación
ARGENIS ESQUIPULAS/PORTAVOZ
El eco de los tambores, los cantos religiosos y las consignas retumbaron este fin de semana en los caminos de la Sierra Norte de Chiapas. Cientos de pobladores de varios municipios salieron nuevamente a las calles, bajo el sol y la neblina de la montaña, para advertir que no permitirán la reactivación de proyectos mineros en la región.
La preocupación creció luego de que trascendió entre las comunidades que empresas vinculadas a la extracción de minerales planean regresar al territorio, después de casi dos décadas de haber sido expulsadas por la movilización social. Ante ello, los habitantes decidieron organizar dos marchas consecutivas —una el viernes y otra el sábado— en defensa de lo que llaman “la casa común”, retomando las palabras de la encíclica Laudato Si’ del fallecido papa Francisco, cuyo décimo aniversario conmemoraron en medio de su protesta.
“Si se reactivan las minas, será una catástrofe ambiental que afectará a miles de habitantes”, advirtieron los lugareños durante las caminatas que reunieron a más de un millar de personas de distintos municipios. Las pancartas con frases como “El oro no se bebe, el agua sí” y “Donde hay sabiduría no hay ignorancia” acompañaron el paso firme de los manifestantes que, a cada kilómetro, repetían su lema: “Desde las montañas del norte de Chiapas, el pueblo zoque clama: No a la minería”.
La primera marcha se llevó a cabo el viernes, con la participación de alrededor de 500 personas. Partió desde el municipio de Rayón rumbo a Pantepec, pasando por los caminos de terracería que cruzan cafetales, parcelas de maíz y arroyos que dan sustento a las comunidades zoques.
La movilización fue convocada por los ejidatarios de San Isidro Las Banderas, localidad perteneciente a Pantepec. Para los habitantes de este lugar, la lucha contra la minería no es nueva ni simbólica: está marcada por el recuerdo de un desastre que transformó su vida.
En 2003, una porción de tierra de unos 100 metros de largo por 15 de ancho se hundió alrededor de 20 metros, provocando la pérdida total de seis viviendas y afectando a otras 15. Los vecinos atribuyeron el fenómeno al impacto de las actividades mineras que se realizaban en los alrededores. “El suelo se abrió como una herida”, narraron todavía algunos mayores del pueblo.
A partir de aquel suceso, los pobladores de San Isidro Las Banderas iniciaron una serie de protestas que culminaron con la retirada de las empresas mineras de la zona. Aquella victoria, sin embargo, no cerró la herida. “Desde entonces vivimos con la preocupación de que vuelvan. No queremos repetir la historia”, declaró uno de los ejidatarios durante la marcha, mientras sostenía una cartulina con la leyenda: ‘La tierra no se vende, se ama y se defiende’.
LA DEFENSA DEL TERRITORIO Y EL AGUA
La segunda movilización se realizó el sábado, convocada por la parroquia de San Agustín, con sede en Tapalapa. Más de 500 personas, en su mayoría católicos provenientes de 43 comunidades pertenecientes a la parroquia, caminaron rumbo a Pantepec entre rezos, cantos y consignas.
El párroco local explicó que la manifestación coincidió con la conmemoración del décimo aniversario de la encíclica Laudato Si’, en la que el papa Francisco llamó a proteger el medio ambiente y denunciar las estructuras económicas que destruyen la naturaleza. “No se trata solo de fe, sino de responsabilidad. La minería amenaza el agua, la tierra y la vida de nuestros pueblos”, dijo en su homilía antes de salir en marcha.
Durante el recorrido, mujeres, niños y ancianos entonaron cantos religiosos mientras portaban pancartas de colores: “Digamos sí a la naturaleza”, “El agua es vida, no la vendas”, “Nuestra fe nos llama a cuidar la creación”.
Los manifestantes advirtieron que, si se permite la explotación minera en la zona, los ríos y manantiales podrían agotarse en pocos años. “El agua que hoy bebemos se va a terminar y nuestros hijos y nietos pagarán las consecuencias”, dijo una habitante de Tapilula.
TEMOR POR LA FALTA DE CONSULTA
Otro de los temas que más indignación generó entre los participantes fue la ausencia de consulta previa, libre e informada, derecho reconocido en el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), del cual México es signatario.
“No se puede aprobar un proyecto que afecta a mucha gente sin que nos consulten primero”, señalaron los pobladores. Además, denunciaron que en algunos municipios las autoridades han intentado “asustar” a la población, asegurando que, si se oponen a los proyectos, podrían perder los programas sociales.
“Nos quieren dividir, pero nosotros ya no creemos esas amenazas. El territorio es de todos, no del Gobierno ni de las empresas”, expresó un joven de Ixhuatán durante la marcha del sábado. Los participantes coincidieron en que la organización comunitaria será la clave para impedir que los proyectos extractivos vuelvan a establecerse.
EL ORO FRENTE AL AGUA: UNA DISYUNTIVA PERSISTENTE
En la región norte de Chiapas, particularmente en los municipios de Pantepec, Totolapa, Tapilula, Ixhuatán y Tapalapa, existen desde hace años concesiones mineras otorgadas por el Gobierno federal. Aunque muchas permanecen inactivas, las comunidades han denunciado la falta de información sobre su estatus y temen que las empresas estén preparando su reactivación.
De acuerdo con datos de organizaciones ambientales locales, en el norte chiapaneco más de 40 mil hectáreas han sido concesionadas para la exploración de minerales metálicos, principalmente oro, plata y barita. La mayoría de estos proyectos se ubican en zonas de alta biodiversidad, atravesadas por ríos que alimentan las cuencas del Grijalva y del Mezcalapa.
Los habitantes sostienen que la minería no representa desarrollo, sino despojo y contaminación. “Nos dicen que traerán empleo, pero lo que dejan es destrucción. Ya lo vivimos”, lamentó una mujer de Totolapa.
RELIGIÓN Y RESISTENCIA
A diferencia de otras movilizaciones, la marcha de Tapalapatuvo un fuerte componente espiritual. La Iglesia católica ha desempeñado un papel clave en la articulación de las comunidades ante lo que consideran una nueva amenaza extractiva.
Desde los altares y en las asambleas ejidales, los sacerdotes y catequistas repiten los mensajes de Laudato Si’, la encíclica que inspiró la movilización. “El planeta es nuestra casa común, y nadie tiene derecho a saquearla en nombre del progreso”, recordó el párroco de San Agustín durante el acto de clausura en Pantepec.
El evento concluyó con una misa al aire libre, en la que los participantes elevaron plegarias por la defensa del territorio y colocaron cruces de madera a orillas del camino, símbolo de resistencia y memoria.
El movimiento que renace en el norte de Chiapas recuerda las luchas ambientales que se han extendido por toda la geografía del estado. En los últimos años, comunidades indígenas y campesinas han enfrentado proyectos hidroeléctricos, petroleros y mineros que amenazan sus recursos naturales.
La defensa del territorio no es solo ambiental, sino también cultural y de supervivencia. Para el pueblo zoque, la tierra tiene una dimensión espiritual. “No se trata de decir no por capricho, sino de defender la vida. Aquí nacimos, aquí queremos morir, y no queremos ver el agua convertida en veneno”, expresó un anciano de Rayón, mientras descansaba al borde del camino.
Los organizadores adelantaron que las marchas serán solo el inicio de una serie de acciones pacíficas que incluirán encuentros regionales, talleres sobre derechos comunitarios y vigilancia ciudadana ante cualquier intento de reactivar las concesiones.
En su declaración final, los participantes de ambas marchas emitieron un mensaje conjunto:
“Desde las montañas del norte de Chiapas, el pueblo zoque clama: No a la minería. Sí a la vida, al agua y a la tierra”.
Pidieron a las autoridades federales y estatales respetar la decisión de las comunidades y garantizar que ningún proyecto extractivo se autorice sin el consentimiento de los habitantes. También convocaron a otras regiones de Chiapas a sumarse a la defensa del territorio.
“Sabemos que somos pequeños frente a las grandes empresas, pero la tierra nos da fuerza. No nos vamos a rendir”, dijo una mujer mientras abrazaba a su hija al término de la marcha.
20 años después de aquel hundimiento que sepultó seis casas y alteró para siempre el paisaje de San Isidro Las Banderas, el temor vuelve a recorrer los cerros del norte chiapaneco. Pero esta vez, los pobladores afirman que están más organizados, más informados y más decididos.
“Nos quieren hacer creer que el progreso viene con la minería, pero el verdadero progreso es cuidar lo que tenemos”, expresó un maestro de Tapilula.
Las voces que se alzaron este fin de semana en Chiapas no piden otra cosa que respeto y justicia ambiental. En sus palabras resuena una certeza compartida: el oro puede esperar; el agua no.




















































