Mantiene viva una técnica ancestral, la elaboración de túnicas hechas con corteza de árbol mazamoro
YUSETT YÁÑEZ/PORTAVOZ
En el corazón de Palenque, donde la selva se convierte en un corredor de sonidos antiguos, persiste una tradición que muy pocos ojos han visto nacer: la elaboración de túnicas hechas con la corteza del árbol mazamoro, una prenda que vestía a los mayas lacandones antes de la llegada de la tela. Quien hoy da continuidad a esta técnica es Mónica Chanok, artesana que representa la tercera generación de su familia dedicada a este oficio.
Su taller, más que un espacio de trabajo, es un pequeño santuario donde la naturaleza se transforma en historia. Frente a ella, una pieza recién terminada muestra la destreza de un proceso que puede prolongarse hasta cuatro meses. “Mi pieza viene representando la túnica de corteza de árbol, que era la vestimenta tradicional de los mayas lacandones… es pura fibra de árbol, viene teñida de tintes naturales de achiote con resina de plátano”, explicó. Los diseños que la decoran evocan la figura del jaguar, símbolo de fuerza para los pueblos mayas.
La técnica, sin embargo, exige un respeto profundo por el entorno. Para obtener la corteza adecuada no basta con caminar entre la vegetación; es necesario identificar el árbol correcto, esperar el momento apropiado del ciclo natural y desprender cuidadosamente la fibra para no dañar la vida del mazamoro. “Se tiene que buscar el árbol y fecha también para poder desprender la corteza… es del árbol del mazamoro”, detalló. Una vez recolectada, la fibra debe ser golpeada, remojada, estirada y finalmente teñida con pigmentos obtenidos de plantas nativas.
Pero acceder a esta materia prima se vuelve cada vez más complicado. La Selva Lacandona, uno de los mayores pulmones de Mesoamérica, ha sufrido una reducción notable por la deforestación, el crecimiento agrícola y el avance urbano. Para Mónica, esto se refleja directamente en su oficio. “Tenemos que entrar muy dentro de la selva lacandona para buscar el árbol, ya es muy poco lo que hay”, lamentó.
A la escasez de recursos se suma la pérdida de interés entre las nuevas generaciones. “Ya se está perdiendo. Yo soy la tercera generación; mi papá fue la segunda y también él elaboraba todo esto”, recordó. Con el paso del tiempo, pocos jóvenes se han acercado a aprender las técnicas que requieren paciencia, fuerza y, sobre todo, un vínculo espiritual con la selva.
A pesar de las dificultades, la obra de Mónica ha traspasado fronteras. Sus túnicas son buscadas especialmente por coleccionistas y especialistas en arte indígena. “Los coleccionistas se interesan más en comprarla, los que tienen museos… le he vendido piezas a doctores que tienen colecciones”, comentó. Las piezas, elaboradas con la misma dedicación que sus ancestros, forman parte hoy de acervos privados donde se exhiben como testimonios vivos de la cosmovisión lacandona.
El interés del turismo también es notable, aunque no siempre en la misma proporción. Mientras que visitantes extranjeros suelen valorar profundamente la técnica, el simbolismo y el origen de cada prenda, el turismo local aún no reconoce en su totalidad el valor de este trabajo. “Lo que es el turismo extranjero le encanta mucho estas piezas… el turismo local igual, pero como que no valoran mucho nuestro trabajo. En Canadá tenemos una pieza igual de estas”, afirmó.
La historia de Mónica Chanok es, en esencia, la historia de un oficio que lucha contra la desaparición. Cada túnica, hecha de corteza y pigmentos vegetales, es también un acto de resistencia: una manera de mantener viva la memoria de un pueblo que dialogaba con la selva a través de sus manos.
Para que este legado perdure, advierten artesanos y especialistas, es necesario impulsar iniciativas que protejan tanto el conocimiento como los bosques que lo hacen posible.











































