El desfile de carros alegóricos se consolida como el corazón visual de la celebración
YUSETT YÁÑEZ/PORTAVOZ
Las calles empedradas de la heroica Chiapa de Corzo se transformaron este jueves en un río de color, fe y orgullo chiapaneco. El tradicional desfile de carros alegóricos, uno de los puntos culminantes de la Fiesta Grande de Enero, logró congregar a miles de locales y turistas que, bajo un sol radiante, esperaron horas para ser testigos de la majestuosidad de las estructuras que rinden homenaje a la identidad del pueblo chiapaneco.
Desde las primeras horas de la tarde, el ambiente ya vibraba con el sonido de los cohetes y la música de banda. No es para menos; este desfile no es solo una exhibición de adornos, es la narrativa viva de una comunidad que se resiste a olvidar sus raíces.
Cada carro alegórico es una obra de ingeniería artesanal. Utilizando materiales que van desde el papel maché y el cartón, hasta flores naturales y textiles típicos, los barrios de la ciudad compitieron simbólicamente para presentar la estampa más impresionante. Este año, las temáticas giraron en torno a la leyenda de María de Angulo, la arquitectura del Templo de Santo Domingo y la biodiversidad del Cañón del Sumidero.
El paso de los carros fue precedido por los icónicos Parachicos, cuyos sarapes multicolores y máscaras de madera laqueada daban el ritmo constante con el chinchín. A su lado, las Chiapas, mujeres ataviadas con sus imponentes vestidos bordados a mano, esparcían dulces y confeti, creando una atmósfera de comunión absoluta.
Para los habitantes de Chiapa de Corzo, participar en este evento es un honor que se hereda. Don Mariano Ruiz, artesano con más de 30 años construyendo estructuras para el desfile, comentó mientras observa pasar una réplica a escala de la Fuente Colonial.
“Cada año el reto es más grande. No dormimos durante semanas, pero ver la cara de los niños cuando ven el carro iluminado y la alegría de la gente, eso paga todo. Es nuestra ofrenda a San Sebastián”.
Por su parte, la joven Elena Vázquez, quien este año desfiló como una de las representantes del barrio de San Jacinto, compartió su emoción.
“Llevar el traje de Chiapaneca no es solo vestirse bonito; es cargar con la historia de nuestras abuelas. Estar arriba del carro, viendo a todo el pueblo unido, te pone la piel de gallina. Es un orgullo que no cabe en el pecho”.
El desfile no solo tiene un valor espiritual y cultural, sino que representa un motor económico vital para la región. Los hoteles alcanzaron su máxima capacidad y los restaurantes del centro histórico lucieron abarrotados. Sin embargo, más allá de las cifras, lo que prevalece es el sentido de pertenencia.
El recorrido culminó en la Plaza de Armas, frente a “La Pila”, donde la música de marimba recibió a los participantes en una verbena popular que se extendió hasta bien entrada la noche.











































