May Rosas
Del diezmo y la parranda a la sobriedad y el compromiso
Hace unos días, en “Platicando con el Jaguar”, el gobernador Eduardo Ramírez Aguilar y su oficial mayor, Víctor Urbina, se sentaron frente a los micrófonos y, entre personalísimas y un diagnóstico del quehacer de la Oficialía Mayor, terminaron dibujando un antes y un después en la manera de gastar el dinero del pueblo. Porque lo que ahí se dijo, con palabras que algunos calificarían de arriesgadas y otros, humanas, es que en el estado han existido prácticas que darían escalofríos a cualquier ciudadano que sepa sumar y restar.
La plática, cargada de una sinceridad poco habitual en la política mexicana, arrancó con una denuncia que duele porque es verdad. En sexenios anteriores, el manejo de las compras públicas, los arrendamientos y las adquisiciones de productos y servicios se convirtió en un festival de la desvergüenza. Se sabía, sin eufemismos, de las compras ficticias, esas operaciones donde los bienes aparecían en un papel, pero jamás llegaban a una escuela o un centro de salud que los necesitaba con urgencia. Se conoció del uso de empresas factureras o fantasmas, esas EFOS que solo existen para emitir facturas sin mover un solo clavo ni entregar una sola vacuna. En Chiapas, casi con la misma naturalidad con la que se hablaba del clima, que el sobreprecio era la regla y no la excepción. Esa cuenta final que el estado pagaba por una silla o un medicamento siempre venía inflada, como si alguien hubiera decidido que la honestidad era un lujo prescindible.
Pero el testimonio más escalofriante, y al mismo tiempo el más revelador, fue el del famoso diezmo. El gobernador y su oficial mayor confirmaron lo que muchos proveedores contaban en voz baja durante años. Para venderle al Gobierno, no bastaba con tener un buen producto o un servicio eficiente. Había que soltar el 10 por ciento, y en algunos casos hasta el 20 por ciento, de cada contrato. Ese dinero no se iba a las arcas públicas, ni siquiera a una causa nebulosa. Se esfumaba en bolsillos de funcionarios que veían la necesidad ajena como una oportunidad de negocio propio. Era un peaje indigno, una mordida institucionalizada que convertía cualquier adquisición en un acto de pillaje legalizado. Por eso, cuando Eduardo Ramírez asumió el Gobierno y lanzó la idea de que en Chiapas comenzaba una Nueva ERA, muchos escépticos pensaron que se trataba de otro eslogan. Sin embargo, la conversación en el podcast dejó claro que esta vez hay números y decisiones concretas.
En medio de la conversación, llegó el momento más humano del podcast. Víctor Urbina, con una franqueza que desarmaría al más cínico, reconoció en palabras terrenales, de esas que se usan en las sobremesas con amigos, que él casi fue un Juan Charrasqueado. Para quien no conozca la canción, ese personaje es el arquetipo del mexicano echado para adelante, pero perdido en el vicio: Borracho, parrandero y jugador. Urbina, como quien confiesa un pecado del que ya no se siente orgulloso, confesó con esa ternura ruda de quien ha tocado fondo y ha decidido renacer, le puso a la entrevista una capa de honestidad que ningún político actual podría aceptar. Porque no es cualquier cosa que un personaje público admita que caminó por el filo de la noche, que la fiesta y la botella fueron sus compañeras de ruta, y que las suertes charras, y otras, eran un vértigo al que no sabía decir que no.
Víctor Urbina explicó que hoy vive en paz, en una cercanía profunda con Dios que no necesita anunciarse con gritos ni carteles monumentales, sino con actos cotidianos. Y dio un dato que a muchos les sonará a milagro o a simple disciplina. Con el apoyo de Alcohólicos Anónimos, ese grupo que salva vidas en silencio y sin reflectores, el oficial mayor reescribió su historia. Ya no es el Juan Charrasqueado de las juergas interminables. Es un hombre que dijo, con una convicción que se notaba en cada pausa de su voz, que ahora lleva una vida sobria, equilibrada y en paz, un día a la vez. La frase tiene un poder inmenso porque no es una promesa vacía de político en campaña, es la declaración de alguien que ha peleado con sus demonios y ha aprendido a ganarles eslabón por eslabón.
El gobernador, por su parte, escuchaba con una mezcla de complicidad y orgullo, pero no perdió el hilo conductivo de su gestión. Recomendó, casi como quien da un consejo de padre a hijo, que estén al pendiente de quienes quieren ser proveedores y no cumplen con pagar impuestos ni dan seguro social a sus trabajadores. Porque la transparencia no es solo una cuestión de procedimientos limpios dentro del Gobierno, es exigirle al sector privado que juegue con las mismas reglas de honestidad. Un proveedor que evade impuestos o que explota a su personal no puede ser socio del estado, por más barato que ofrezca sus productos. Esa lógica, que parece elemental, en gobiernos anteriores brillaba por su ausencia.
El momento cumbre de la conversación, sin embargo, llegó cuando el oficial mayor, con una mirada que parecía mirar a la cámara y a la historia al mismo tiempo, afirmó que hace las cosas de manera ordenada y transparente. Y añadió una frase que debería enmarcarse en cada oficina pública. “Quiero cumplir bien a mi estado, quiero cumplirle a usted, quiero cumplir con cabalidad. Esto es pasajero, usted nos lo ha dicho muchas veces”. Esa declaración contiene una filosofía de Gobierno que a menudo se olvida entre elección y elección. El poder es pasajero, el dinero que se administra es del pueblo, y la única manera de que el paso por un cargo tenga sentido es dejar las cosas mejor de como se encontraron. No se trata de acumular méritos para una candidatura futura, ni de construir feudos personales con cargo al erario. Se trata de trabajar con la conciencia de que cada peso gastado con honradez es un puente hacia la confianza ciudadana.
Gracias querido lector, con gusto recibo comentarios, NOS LEEMOS EN LA PRÓXIMA…




















































