Por: Ana Laura Romero Basurto
El 4 de junio de 2026 falleció Marjane Satrapi, autora de Persépolis, artista, escritora y una de las voces más valientes de nuestro tiempo. Tenía 56 años.
Su partida no sólo deja un vacío en la literatura y en la defensa de las libertades; deja también una lección que resulta urgente en una época donde juzgar se ha vuelto más fácil que comprender.
Al recibir el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2024, Satrapi expresó una idea tan sencilla como poderosa: en lugar de enseñar a nuestros hijos a memorizarlo todo y repetirlo como loros, deberíamos enseñarles ética, civismo, compasión y bondad.
Detrás de esas palabras existe una verdad profunda que con frecuencia olvidamos.
Vivimos tiempos donde una crítica puede recorrer el mundo en segundos. Donde una acusación puede multiplicarse antes de ser verificada. Donde una opinión puede transformarse en sentencia sin haber escuchado todas las voces.
Y, sin embargo, rara vez nos detenemos a pensar que detrás de cada nombre existe un ser humano.
Una mujer o un hombre que tiene padres, hijos, hermanos, amigos, sueños, miedos y esperanzas. Una persona que también siente dolor cuando es señalada injustamente, cuando es humillada o cuando se convierte en objeto de ataques que olvidan su condición humana.
Los estoicos enseñaban que la prudencia es una de las más altas virtudes. Antes de reaccionar, debemos comprender. Antes de condenar, debemos conocer. Antes de hablar, debemos preguntarnos si nuestras palabras construyen o destruyen.
La crítica responsable tiene un lugar legítimo en toda sociedad democrática. La exigencia de rendición de cuentas es necesaria. La denuncia de las injusticias es indispensable.
Pero existe una diferencia fundamental entre buscar la verdad y alimentar el juicio precipitado.
Antes de señalar a alguien, vale la pena formularnos algunas preguntas:
¿Conocemos realmente los hechos?
¿Nos constan las circunstancias?
¿Tenemos pruebas de aquello que afirmamos?
¿Estamos juzgando desde la verdad o desde la emoción del momento?
Y, sobre todo, ¿estamos juzgando desde la compasión?
La compasión no significa renunciar a la justicia. Significa recordar que la justicia sin humanidad puede convertirse en crueldad.
Satrapi comprendió algo que las sociedades modernas parecen olvidar con frecuencia: el conocimiento sin ética puede ser peligroso; el poder sin bondad puede ser devastador; y la verdad sin compasión puede perder su capacidad de transformar.
Por eso su mensaje trasciende generaciones.
Porque una sociedad verdaderamente civilizada no es aquella donde nadie se equivoca, sino aquella donde las personas son capaces de actuar con firmeza sin perder la humanidad.
La bondad no es debilidad.
La compasión no es ingenuidad.
Y la prudencia no es indiferencia.
Son, quizá, las expresiones más elevadas de nuestra condición humana.
Marjane Satrapi ya no está entre nosotros, pero nos deja una pregunta que vale la pena llevar a la conciencia antes de emitir cualquier juicio:
Cuando señalamos a alguien, ¿lo hacemos desde la certeza de los hechos o desde la comodidad de la crítica?
Y más importante aún:
¿Lo hacemos con justicia o hemos olvidado, por un instante, que estamos hablando de otro ser humano?




















































