Rebecca Díaz
Hay una frase muy mexicana que retrata una de nuestras peores costumbres públicas: “dar el madruguete”. Parece una expresión inofensiva, incluso pintoresca, pero detrás de ella se esconde una práctica que ha erosionado silenciosamente la confianza en nuestras instituciones y en nuestra propia idea de justicia.
El madruguete no siempre es ilegal, a veces ni siquiera rompe una regla escrita, su verdadera naturaleza radica en aprovechar las ventajas del poder, de las relaciones o de la información privilegiada para llegar antes que los demás, cerrando la puerta detrás de uno mismo, es la victoria obtenida no por mérito, sino por cercanía; no por capacidad, sino por influencia.
Durante años nos hemos acostumbrado a normalizar estas conductas, las vemos en la política, donde las decisiones parecen tomarse en pequeños círculos antes de que los procesos concluyan formalmente. Las encontramos en las instituciones, donde el apellido correcto o la amistad adecuada pesan más que los resultados. Las observamos en espacios académicos, donde el talento y la preparación a veces quedan relegados frente a las redes de favores y recomendaciones.
El problema es que el madruguete no afecta únicamente a quienes quedan fuera, su daño es mucho más profundo, cada vez que una persona observa que el esfuerzo vale menos que las relaciones, se debilita la confianza colectiva en el sistema, cada vez que una oportunidad es entregada por afinidad y no por mérito, se envía un mensaje devastador a quienes sí cumplen las reglas: prepararse no basta.
La injusticia social no siempre se manifiesta en grandes escándalos, muchas veces aparece en pequeños actos cotidianos que parecen insignificantes por separado, pero que juntos construyen una cultura de exclusión. Una convocatoria diseñada para favorecer a alguien, una decisión tomada antes de escuchar a todos los involucrados, una votación acelerada para evitar cuestionamientos o una promoción obtenida por amistad antes que por trayectoria.
Lo más preocupante es que estas prácticas terminan convirtiéndose en costumbre, dejamos de indignarnos, comenzamos a verlas como parte natural del funcionamiento de las instituciones, y cuando una sociedad normaliza la injusticia, corre el riesgo de dejar de reconocerla.
Las naciones más fuertes no son aquellas donde todos ganan, sino aquellas donde todos creen que tuvieron una oportunidad justa de competir. La legitimidad de una decisión no proviene únicamente de su legalidad, sino también de la percepción de equidad que genera entre quienes participan.
Por eso el verdadero desafío no consiste únicamente en combatir la corrupción visible, sino también las formas más sutiles de privilegio que se esconden detrás del amiguismo, las influencias y los madruguetes. Porque cuando el mérito deja de ser el camino y la cercanía se convierte en la llave, las instituciones pierden credibilidad y la sociedad pierde esperanza.
La justicia no debería llegar primero para quienes tienen contactos, debería llegar igual para todos, y mientras sigamos premiando el madruguete por encima del mérito, seguiremos construyendo un país donde las oportunidades tienen dueño antes de que empiece la competencia.




















































