May Rosas
Mauricio cordero: El lastre que Protección Civil no merece
Hubo un tiempo en que el servicio público permitía el aprendizaje sobre la marcha. Un caso fue el de Luis Videgaray, quien llegó a la Secretaría de Relaciones Exteriores y soltó, con toda naturalidad, aquello de “vengo a aprender”, como si la diplomacia internacional fuera un taller de verano. Aquella frase quedó para la posteridad como el emblema de la improvisación con vestido de etiqueta.
Mauricio Cordero, actual secretario de Protección Civil en Chiapas, no tuvo siquiera la decencia de advertir que llegaba a aprender. Según ha circulado en los corrillos políticos y en confesiones que él mismo habría hecho ante el gobernador Eduardo Ramírez Aguilar, asumió el cargo sin saber siquiera qué funciones desempeñaba la dependencia. Un año después, la evidencia acumulada sugiere que tampoco se ha tomado la molestia de averiguarlo; o peor aún, que, en lugar de leer, descubrió que podía usar esa secretaría para fines muy distintos a la protección de los chiapanecos.
Chiapas no es un estado cualquiera; su geografía accidentada, su historia de desastres naturales, sus comunidades dispersas y su vulnerabilidad social convierten a Protección Civil en la primera línea de defensa contra la tragedia. No es una oficina para colocar amigos, no es un premio de consolación para perfiles sin oficio ni es un espacio para aprender aquello para lo que no se tiene vocación. Aquí los errores se pagan con muertos, con pueblos incomunicados, con familias que lo pierden todo mientras un funcionario improvisa frente a las cámaras.
Sin embargo, lo que ha marcado la gestión de Cordero no es precisamente una obsesión por salvar vidas. Son los señalamientos de corrupción, las versiones de cobros irregulares, los escándalos que se acumulan como escombros después de un deslave. Y lo más grave, la certeza de que al frente de una institución técnica colocaron a un operador político sin el menor pudor por su propia ignorancia.
El episodio de Moisés Grajales Monterrosa, entonces director de la Escuela de Protección Civil, debió haber sido la primera alerta. Una pipa de agua de la dependencia, destinada a atender emergencias, fue sorprendida surtiendo agua en el domicilio particular del funcionario. El hecho reveló una cultura interna donde los recursos públicos se confunden con los personales, donde los vehículos de emergencia se convierten en servicio particular y donde nadie parece rendir cuentas.
Cómo no recordar lo ocurrido en Mapastepec, cuando Mauricio Cordero llegó en helicóptero, pero con las manos vacías: no llevaba despensas, no llevaba apoyo, no llevaba soluciones. Eso sí, llevaba cámaras; su aparición fue tan oportunista como vacía, solo buscaba tomarse las fotos de rigor, publicar el material en redes sociales y retirarse sin aportar absolutamente nada a la gente damnificada. Los habitantes y el alcalde esperaban ayuda real y encontraron a un funcionario ineficaz y oportunista.
La joya más reciente se encuentra en San Cristóbal de Las Casas. Organizadores de eventos que cumplían con todos los requisitos y presentaban la documentación en regla se encontraron con que la autorización de Protección Civil tenía un precio. Empleados de la dependencia, según versiones que circularon con insistencia, solicitaban cantidades de dinero para permitir la realización de espectáculos. Empresarios del sector comenzaron a denunciar, primero en privado y luego con menos reservas, que los dictámenes de riesgo se habían convertido en una mordida institucionalizada que ronda los cien mil pesos.
Las versiones sobre presuntos “moches” y esquemas de extorsión no son recientes; tanto así que, según se filtró en conversaciones internas, el propio Cordero habría tenido que reconocer ante el gobernador la necesidad de una “limpia” dentro de la secretaría por casos de corrupción ya detectados, sin que a la fecha se haya realizado. Lo irónico es que la misma persona que llegó sin saber qué hacía ahí, el mismo que ha permitido que su gestión se convierta en un hervidero de señalamientos, pretenda ahora limpiar lo que él mismo ha provocado.
El programa “Platicando con el Jaguar” fue el escenario elegido para mostrar el rostro más amable de Mauricio Cordero. El resultado, sin embargo, fue un desnudo institucional en cámara lenta. Sus intervenciones, sus dudas, su evidente falta de dominio sobre los temas que debería conocer al dedillo, quedaron registradas para que cualquiera pudiera constatar la fragilidad del funcionario. Las redes sociales hicieron el resto. Lo que debía ser una plataforma para proyectar liderazgo se convirtió en la confirmación de lo que muchos sospechaban: que al frente de Protección Civil hay un hombre que no sabe, que no lee, que no puede y que, lo más grave, parece no haber querido aprender.
Pero el daño más profundo que Cordero ha infligido a la institución no es su ignorancia, por grave que esta sea. Es haber convertido la Secretaría de Protección Civil en un espacio donde los señalamientos de corrupción encuentran terreno fértil. Las acusaciones de cobros irregulares, las versiones sobre desvío de recursos, los escándalos que salpican a funcionarios de segundo nivel; todo ocurre bajo su vigilancia, todo ocurre con su consentimiento implícito. Cuando el secretario no sabe, no puede o no quiere imponer orden, el desorden se vuelve la norma.
Y luego está el asunto de la subordinación política. Cada acción de la dependencia, cada comunicado, cada declaración pública viene acompañada de la coletilla de actuar bajo instrucciones del Ejecutivo estatal. Nadie niega la necesaria coordinación con el gobernador. Pero cuando una institución técnica como Protección Civil carece de criterio propio, cuando todo se justifica en función de la línea política, lo que se proyecta es una dependencia vacía, un cascarón sin autonomía operativa, incapaz de tomar decisiones basadas en evidencia, en riesgo y en la ley.
Mauricio Cordero llegó a Protección Civil sin saber qué hacía ahí. Un año después, los chiapanecos tampoco lo saben. Lo que sí saben es que los escándalos se acumulan, que las denuncias de corrupción se multiplican, que los recursos públicos se desvían mientras él posa para las cámaras o concede entrevistas donde exhibe su fragilidad. Saben que al frente de la institución diseñada para salvar vidas hay un perfil que no ha salvado ni siquiera su propia reputación.
Gracias, querido lector; con gusto recibo comentarios. NOS LEEMOS EN LA PRÓXIMA.




















































