Andrea Flores Mena
La iniciativa impulsada desde 2016 por la UNESCO, el ICOM y redes mundiales de museos científicos para vincular la ciencia con la paz y el desarrollo sostenible.  No es solo una fecha en el calendario cultural: es un buen pretexto para preguntarnos quién tiene acceso a la curiosidad, al asombro y al conocimiento… y quién se queda fuera.
Un país que sí va al museo… pero no cualquiera
Según la Estadística de Museos 2024 del INEGI, en México los museos recibieron 51.5 millones de visitas en 2024, tres millones más que en 2023. El registro incluye 1,203 museos en todo el país.  A primera vista, parecería una gran historia de éxito: los recintos se recuperan después de la pandemia y la gente vuelve a ocupar los espacios culturales.
Pero el mapa revela una concentración brutal: la Ciudad de México, Nuevo León y el Estado de México concentran 64 % de todas las visitas. Solo la capital, con 159 museos, atrae 26.1 millones de personas al año; Nuevo León, con 48 museos, suma 4.4 millones; el Estado de México, con 72 recintos, aporta 2.4 millones.  La infraestructura cultural y científica sigue respondiendo a una lógica metropolitana: a más PIB y urbanización, más museos, más centros interactivos, más ciencia al alcance de la mano.
Además, no todas las personas llegan con las mismas credenciales. En 2024, 60.8 % de quienes visitaron un museo tenía educación superior, 26.2 % media superior y apenas 12.5 % solo educación básica.  Es decir: los museos, que podrían ser herramientas para romper el círculo de la desigualdad educativa, terminan usándose sobre todo por quienes ya están más escolarizados. La institución pensada para democratizar el conocimiento refuerza, sin querer, una estructura de clase.
El propio INEGI, a través del Módulo sobre Eventos Culturales Seleccionados 2025, confirma esta brecha: 82.8 % de las personas con estudios superiores asistió a algún evento cultural en los últimos 12 meses, frente a 50.2 % de quienes tienen educación básica incompleta. Entre personas con discapacidad y hablantes de lengua indígena, la asistencia ronda apenas 48 %.  La cultura —y dentro de ella, los museos y centros de ciencia— sigue siendo un derecho ejercido de forma muy desigual.
Chiapas: juventud, rezago y un millón de visitas
En Chiapas, la Estadística de Museos 2024 registra 36 museos y 1,086,322 visitas, lo que representa apenas 2.11 % de las visitas nacionales.  Sin embargo, el estado concentra alrededor de 4.4 % de la población del país, según el censo 2020.  Es decir: Chiapas aporta más población que museos y recibe, proporcionalmente, menos visitas.
Este dato se vuelve más inquietante cuando se cruza con otra realidad: Chiapas es el estado con la población más joven del país y una parte importante de sus juventudes vive en rezago educativo. En 2024 se estimó que 32.5 % de las personas jóvenes del estado se encontraba en rezago, porcentaje mayor al promedio nacional.  Estamos frente a una paradoja: un territorio joven, con enormes desafíos educativos, pero con una red de museos y centros de ciencia todavía insuficiente y altamente concentrada en pocas ciudades.
Si los museos son “laboratorios sociales” donde se aprende a preguntar, dudar y conectar datos, Chiapas está infraequipado para la magnitud de su reto demográfico. Lo que hoy existe —museos regionales, comunitarios, de ciencia y de historia— sostiene más de un millón de visitas al año, pero no alcanza para revertir décadas de desigualdad educativa, ruralidad y marginación indígena.
Museos que incluyen… pero no a todas las personas
La propia estadística del INEGI muestra que, en México, 59.4 % de los museos ofrece servicio gratuito y solo 21.8 % cobra siempre entrada.  Es una buena noticia: al menos en el papel, el precio no es la barrera principal. Sin embargo, cuando se pregunta a la gente por qué no va al museo, las respuestas apuntan a otros tipos de exclusión: 18.2 % habla de falta de difusión o desconocimiento del acervo, 16.7 % de “falta de cultura o educación”, 16.2 % de falta de tiempo y 14.1 % de desinterés o “flojera”. 
Es decir: no basta con que la puerta sea gratuita si nunca se anuncia, si el lenguaje es técnico, si la museografía habla solo a quienes ya se sienten “autorizados” para estar ahí. La exclusión es simbólica: muchas personas creen que el museo no es para ellas. El dato del INEGI de que 80.1 % de visitantes declaró estar en un museo por primera vez en el último año muestra, al mismo tiempo, el potencial y la fragilidad del vínculo: hay públicos nuevos, pero todavía sin hábito ni pertenencia. 
En Chiapas, donde la mayoría de la población es rural y una parte importante habla lengua indígena, esta dimensión simbólica es crítica. Un museo que no incorpora lenguas originarias, temas locales, problemáticas territoriales y experiencias comunitarias puede convertirse en otro espacio donde la ciencia se percibe como ajena, lejana, escrita en otro idioma.
Centros de ciencia: laboratorios de futuro
UNESCO define a los museos y centros de ciencia como “laboratorios vivos de creatividad”, claves para cultivar curiosidad, pensamiento crítico y soluciones frente a los retos de sostenibilidad.  No se trata solo de ver exhibiciones bonitas: estos espacios ayudan a que niñas, niños y jóvenes entiendan el cambio climático, las pandemias, la energía, la tecnología digital, la economía cotidiana. Y lo hacen mediante la experiencia directa: tocar, jugar, experimentar.
En un país que sigue discutiendo la calidad de su escuela pública y arrastra enormes brechas en matemáticas, ciencias y comprensión lectora, los museos de ciencia son, de facto, una extensión del sistema educativo. Pero una extensión desigual: hay barrios enteros con acceso a museos interactivos de última generación, y comunidades rurales donde el “museo” más cercano es el teléfono con datos cuando sí hay señal.
Para estados como Chiapas, con alta pobreza y población indígena, la apuesta por museos y centros de ciencia debería leerse como política educativa y de justicia social, no como lujo cultural. Itinerancias científicas en lenguas originarias, laboratorios móviles en secundaria y medio superior, acuerdos entre universidades, museos y telebachilleratos: todo eso tiene más que ver con la estructura social que con la simple “promoción cultural”.
De la anécdota al derecho
Los datos del INEGI sobre asistencia cultural también muestran algo esperanzador: las personas que recibieron estímulos culturales en casa o en la escuela durante la infancia —que sus padres las llevaban a actividades artísticas, que en la escuela había visitas a museos— hoy acuden más a eventos culturales que quienes no los tuvieron.  La desigualdad cultural se hereda… pero también puede revertirse cuando el Estado, las familias y las escuelas hacen de la cultura y la ciencia una práctica cotidiana.
Por eso, este Día Internacional de los Museos y Centros de Ciencia debería ser algo más que una efeméride llena de selfies frente a un experimento espectacular. Para México, y en particular para Chiapas, es una oportunidad de leer los museos como indicadores de estructura social: dónde están, quién entra, quién no se siente invitado, qué lenguajes se usan, qué historias se cuentan y qué futuros se imaginan.
Mientras la mayor parte de las visitas siga concentrada en unas cuantas ciudades y en los sectores con más estudios, los museos seguirán siendo espacios valiosos, sí, pero alineados con la desigualdad existente. El reto —político, educativo y económico— es otro: que los museos y centros de ciencia se vuelvan parte de la canasta básica de derechos, sobre todo allí donde más se necesitan.
En un estado joven y diverso como Chiapas, que los niños puedan entrar a un museo de ciencia no debería ser una anécdota de excursión escolar, sino la puerta cotidiana a una idea radical: que también ellos tienen derecho a entender el mundo, a transformarlo y a pertenecer a la conversación científica global.




















































