Para la ciencia representa una herramienta invaluable para comprender la evolución de la vida
ARGENIS ESQUIPULAS/PORTAVOZ
En las montañas del norte de Chiapas, donde la neblina cubre las laderas y los caminos de terracería conducen a pequeñas comunidades indígenas, una piedra dorada guarda historias de hace millones de años. Se trata del ámbar, una resina fósil que ha convertido a la región en uno de los sitios más importantes del mundo para el estudio de la vida prehistórica. Pero más allá de su valor científico, el ámbar es también el sustento económico y una expresión cultural profunda para cientos de artesanos que continúan trabajando esta biogema en talleres familiares.
En particular, el municipio de Simojovel de Allende se ha consolidado como el corazón del ámbar mexicano. Desde sus minas artesanales hasta los mercados donde se venden collares, rosarios y figuras talladas, la resina fosilizada atraviesa la vida cotidiana de sus habitantes. Cada pieza no solo representa una artesanía, sino un fragmento de historia natural atrapado en el tiempo.
El ámbar es considerado por científicos como uno de los registros más extraordinarios de la historia de la vida. Esta resina fósil posee la capacidad de preservar organismos y fragmentos de ecosistemas con un nivel de detalle casi microscópico. Insectos, hojas, esporas, granos de polen e incluso pequeños vertebrados pueden quedar atrapados en la resina líquida y conservarse durante millones de años.
Metafóricamente, el ámbar captura instantes de la vida y los vuelve inmortales. Gracias a esta propiedad, los investigadores pueden reconstruir organismos, poblaciones y ambientes que desaparecieron hace millones de años. En ese sentido, cada pieza funciona como una cápsula del tiempo que permite comprender la evolución de la biodiversidad.
México posee uno de los depósitos de ámbar más importantes del planeta. La mayoría de estos yacimientos con bioinclusiones —organismos encapsulados dentro de la resina— se encuentran precisamente en Chiapas.
El origen del ámbar se remonta a un proceso natural complejo que comienza en los árboles. Las plantas producen resina como un mecanismo de defensa contra heridas, insectos o infecciones. Esta sustancia pegajosa, viscosa y aromática puede atrapar pequeños organismos del entorno.
Cuando la resina fluye por el tronco o las ramas, puede capturar microorganismos, hongos, fragmentos de plantas y, principalmente, artrópodos como hormigas, mosquitos, escarabajos o arañas. En ocasiones, también quedan atrapados pequeños vertebrados.
Con el paso del tiempo, la resina se endurece por exposición al oxígeno, la radiación solar y cambios de temperatura. Este proceso químico provoca la polimerización de la sustancia y da origen al copal, una fase intermedia.
Posteriormente, cuando ese material queda enterrado bajo sedimentos durante millones de años, la presión y la temperatura generan un proceso conocido como amberización. Así, el copal se transforma en ámbar.
Actualmente, los investigadores proponen que el límite entre copal y ámbar se ubique en aproximadamente 2.58 millones de años, coincidiendo con el inicio del periodo Cuaternario en la escala geológica.
El ámbar chiapaneco tiene una antigüedad aproximada de entre 23 y 15 millones de años. Este periodo corresponde al Mioceno, una etapa clave para la modernización de la biodiversidad que conocemos hoy.
Los estudios científicos indican que la resina que originó el ámbar fue producida por especies extintas del género Hymenaea, árboles pertenecientes a la familia de las leguminosas. Estos árboles dominaban una antigua selva tropical que existió en lo que hoy es el norte de Chiapas.
El análisis de bioinclusiones ha permitido reconstruir parte de ese ecosistema. Los investigadores han identificado numerosos artrópodos —insectos y arañas— así como restos de plantas con flores y granos de polen asociados a ambientes de manglar.
Esto sugiere que aquella selva estaba situada cerca de un ambiente estuarino, similar a los manglares actuales. De hecho, durante el Mioceno la región se encontraba prácticamente a nivel del mar.
Hoy, en contraste, las zonas donde se extrae el ámbar se ubican entre 721 y más de dos mil metros sobre el nivel del mar, una evidencia clara de los enormes cambios geológicos y ambientales que han ocurrido en millones de años.
LA MINERÍA ARTESANAL
A pesar de su importancia científica, la extracción de ámbar en Chiapas sigue siendo, en gran medida, una actividad artesanal.
En comunidades cercanas a Simojovel, los mineros trabajan en túneles estrechos excavados en las montañas. Con picos, palas y lámparas, ingresan a galerías que a veces apenas permiten el paso de una persona. La búsqueda del ámbar puede durar horas o días sin encontrar una pieza significativa.
Muchos de estos mineros pertenecen a comunidades indígenas tsotsiles y zoques. Para ellos, el ámbar representa una de las pocas fuentes de ingresos disponibles en la región.
Las piezas extraídas se venden posteriormente a artesanos o intermediarios. En algunos casos, cuando contienen inclusiones visibles de insectos u otros organismos, su valor puede multiplicarse debido al interés científico o de coleccionistas.
Sin embargo, los precios no siempre benefician a quienes realizan el trabajo más duro. Diversos productores señalan que el mercado del ámbar ha sido históricamente desigual, con intermediarios que obtienen mayores ganancias que los mineros o talladores.
EL ARTE DE TRANSFORMAR LA RESINA
Después de salir de la mina, el ámbar inicia otro proceso: el de la transformación artesanal.
En talleres familiares de Simojovel y otras localidades, los artesanos limpian, cortan y pulen las piezas para convertirlas en joyería o figuras decorativas. Collares, pendientes, rosarios, anillos y esculturas forman parte de la amplia variedad de productos elaborados.
El trabajo requiere paciencia y habilidad.
El ámbar es relativamente frágil, por lo que un corte incorrecto puede romper una pieza que tardó millones de años en formarse.
Muchos artesanos han heredado la técnica de generación en generación. Algunos combinan el ámbar con plata, madera o textiles tradicionales, creando piezas que reflejan la identidad cultural de Chiapas.
El color del ámbar chiapaneco también lo distingue. Puede variar desde tonos amarillos claros hasta rojos intensos o incluso tonalidades verdosas. Estas variaciones dependen de factores como la oxidación, el contenido químico y las condiciones de fosilización.
El ámbar no solo es materia prima para joyería. Para la ciencia representa una herramienta invaluable para comprender la evolución de la vida.
Las bioinclusiones permiten estudiar especies que ya no existen, así como interacciones ecológicas antiguas. Por ejemplo, insectos con granos de polen adheridos al cuerpo ofrecen pistas sobre procesos de polinización de hace millones de años.
También se han encontrado hongos parásitos, bacterias fosilizadas y comportamientos preservados en pleno movimiento, como depredadores atrapados mientras capturaban a su presa.
Estos descubrimientos ayudan a los investigadores a reconstruir ecosistemas completos y a entender cómo han cambiado los ambientes tropicales a lo largo del tiempo.
México, gracias al ámbar chiapaneco, ocupa un lugar destacado en los estudios paleontológicos relacionados con resinas fósiles.
RIESGOS Y CONSERVACIÓN
A pesar de su relevancia, el ámbar enfrenta diversos desafíos.
Uno de ellos es la explotación descontrolada de los yacimientos. La falta de regulación en algunas zonas puede provocar daños en las minas y pérdida de material con alto valor científico.
Otro problema es el comercio ilegal de piezas con inclusiones raras, que en ocasiones salen del país sin pasar por instituciones científicas que podrían estudiarlas.
Además, la degradación ambiental y la deforestación en la región amenazan los ecosistemas actuales, que forman parte del patrimonio natural de Chiapas.
Especialistas señalan que proteger los depósitos de ámbar y su entorno es fundamental. No solo se trata de preservar un recurso económico para las comunidades locales, sino también de conservar un archivo natural irrepetible de la historia de la vida.
UNA VENTANA AL PASADO
Cada fragmento de ámbar contiene una historia congelada en el tiempo. Puede tratarse de una diminuta hormiga que caminaba sobre la corteza de un árbol hace 20 millones de años o de un grano de polen que revela la vegetación de un antiguo bosque tropical.
Para los científicos, estas piezas representan datos valiosos sobre la evolución de la biodiversidad. Para los artesanos, son materia prima que se transforma en objetos de belleza y tradición. Para las comunidades de Simojovel, son parte de su identidad.
Así, el ámbar chiapaneco conecta tres dimensiones distintas: ciencia, cultura y economía.
En una época marcada por la pérdida acelerada de biodiversidad, estos fragmentos dorados recuerdan que la vida en la Tierra ha cambiado constantemente a lo largo de millones de años. Pero también evidencian que los recursos naturales —incluida la biodiversidad— no son infinitos.
Proteger el ámbar de Chiapas implica preservar una memoria geológica única. Una memoria que comenzó cuando una gota de resina cayó sobre el suelo de una selva antigua y atrapó, sin saberlo, un instante eterno de la vida.




















































